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Aceleracionismo Afectivo

Publicada el 2025/08/29 - 2025/08/29 por styx

Este artículo fue traducido del inglés por una conspiración de inteligencias anorgánicas, apropiado y propagado ignorando los principios de propiedad y autoría. Toda apropiación del material es estimada como legítima, si es que sigue teniendo sentido hablar de legitimidad.
Textos originales:
Parte 1: https://hellothere314.substack.com/p/affective-accelerationism-part-one
Parte 2: https://hellothere314.substack.com/p/affective-accelerationism-part-two


Parte 1

La política del contra-pliegue

El poder en su concepción tradicional siempre es visto como una entidad trascendente centrada en la figura del soberano. Siempre hay un mito justificante (tradicionalmente el de lo divino o el del contrato social) que impone una estabilización en oposición a un supuesto estado previo de flujo o caos (el estado de naturaleza). La política es así entendida como la terminación de la guerra, el establecimiento del orden y del poder sobre la polis. Foucault revela en su ciclo de conferencias Hay que defender la sociedad que esta visión del poder es inherentemente defectuosa. En cambio, el poder no es la terminación de la guerra sino su continuación por medios radicalmente nuevos. La historia de la política no es la progresión de distintos períodos de estasis definidos por un determinado medio de ordenamiento (diferentes justificaciones de la soberanía), sino un continuo autoajuste hacia la guerra con el fin de evitar el colapso del monopolio de la soberanía sobre el control. Esto no quiere decir que la concepción moderna del Estado-nación sea el lugar de la política (la noción clásica anarquista del Estado como monopolio de la violencia), estamos muy lejos de ello. Más bien, el poder se ha vuelto radicalmente difuso, expresando una particular inmanencia de la norma hacia el socius más amplio. El lugar de la soberanía como área de poder es más bien una justificación de la más amplia disciplina y control inmanentes que crean estasis dentro de una ontología bélica. Esto no implica ignorar el aparente monopolio del Estado sobre la política de la muerte (la extracción de la nuda vida, como la llamaría Agamben), aunque estas diversas teorías tanato- y necropolíticas no son sino un modo particular de la imposición biopolítica de normas sobre la especie humana. La amenaza de la muerte y el “estado de excepción”, que ha definido todo análisis crítico del poder estatal desde Schmitt y Benjamin, no es más que una instancia adicional de un medio justificante detrás de la autodisciplina panóptica que produce cuerpos dóciles (al menos en el “núcleo colonial”, dado que Mbembe y otros demuestran eficazmente cómo una biopolítica concebida principalmente como poder soberano sobre la muerte resulta especialmente útil para el análisis colonial).

Esta imposición biopolítica de normas a lo largo del socius crea un sentido aparentemente contradictorio de inmanencia, ya que la norma trascendente, situada en el nivel del discurso trascendente (aquí definido por la concepción ilustrada del hombre y su naturaleza), se impone en la experiencia inmanente de pensamientos y acciones dentro de un cuerpo individual. Por supuesto, ese ordenamiento, el discurso sobre cómo se debe actuar para ser lo más “natural” o “humano”, es una entidad trascendente en el nivel del “mundo del pensamiento”. Sin embargo, su efecto es relativamente inmanente hacia el socius más amplio, produciendo una autodisciplina de los cuerpos individuales y un estado general de estasis. Esto se hace a través de la guerra: no es la terminación de la guerra entre formas-de-vida (que según Agamben dependen de una determinada intensidad-de-vivir que no puede reducirse a la nuda vida), sino la negación de la guerra a sus participantes. Es el desarme total y el florecimiento (becoming-bloom) de los potenciales miembros del “partido imaginario”, lo cual provee la única entrada a la guerra a través de su irrecuparable aceptación de la vitalidad mediante la forma-de-vida. Esta paradoja entre la inmanencia del socius junto a la experiencia de los cuerpos individuales y el devenir-inmanente de su mediación por normas e imágenes (biopoder y espectáculo) es la problemática de la política moderna, cuya resolución solo es posible mediante la guerra civil.

El estudio de esta particular inmanencia del poder y del control en el socius es conocido como cibernética, el estudio del control y la retroalimentación. El campo de la cibernética ha tenido una historia profundamente entrelazada con el análisis foucaultiano del poder y el discurso, siendo el análisis de Foucault del poder disciplinario una elaboración particular de la cibernética de primer orden y luego de la de segundo orden. El poder cibernético en su forma más básica debe entenderse como una ciencia de los aparatos, de distintas zonas de opacidad y captura que producen lo que Foucault llama disciplina. Estos aparatos o zonas son en sí mismos lo que Deleuze y Guattari llaman territorios, aquí interpretados en un sentido bastante literal, dado que existen fronteras concretas de estos territorios más allá de la mera abstracción. Como tales, estos aparatos tienen un adentro y un afuera (uno puede estar dentro o fuera del control de un aparato dado). Por ejemplo, uno puede estar dentro o fuera del control de un aparato psiquiátrico (no necesariamente el régimen biopolítico de normas que definen las normas psiquiátricas públicas, sino más bien el aparato material de la institución psiquiátrica) dependiendo de si se encuentra o no actualmente dentro de su alcance material. También se puede estar dentro o fuera de distintos regímenes de normas expresados como una imagen-del-pensamiento, según si uno piensa en base a esa imagen-del-pensamiento particular. Esta clara división entre dentro y fuera es precisamente la división que se ha vuelto opaca con el devenir-inmanente del poder, lo cual constituye la primera “evolución” del poder cibernético. Esto va más allá incluso de la mediación de normas, que mantiene una separación trascendente entre uno mismo y la norma que rige las propias acciones e interacciones con los otros (la norma siempre es un fenómeno social que luego se internaliza, produciendo disciplina). En cambio, la relativa inmanencia del poder en el socius implica la relativa muerte de una base auténtica mediante la cual designar un dentro y un fuera del poder (su relatividad implica un cierto nivel de intensidad en su inmanencia, un cierto grado de imposición de la norma). Esto produce una contradicción interna dentro del propio poder, como si al volverse omnipresente el poder se volviera efectivamente inexistente. La división entre poder y no-poder colapsa, con el poder mismo volviéndose pura metafísica (un doble devenir-inmanente y devenir-trascendente caracteriza este punto final, lo que aquí se llamará contra-pliegues y pliegues respectivamente).

Esta es una crítica común a la teoría foucaultiana del poder cibernético, ya que se asume que el poder tiene un dentro y un fuera dados que definen su zona de operación. En la mente del crítico, el poder o está o no está, o actúa o no actúa. Esto, sin embargo, no es el caso en el estado actual del poder. El poder se ha vuelto completamente difuso e inmanente al socius y, al mismo tiempo, opera como puro simulacro, siendo sus estrategias de control de naturaleza hiperesticional. En este sentido, la crítica baudrillardiana a Foucault, planteada en el libro significativamente titulado Olvidar a Foucault, no es en absoluto una gran crítica frente al estado contemporáneo del poder cibernético. El poder es un “objeto perdido”, su interminable proceso de devenir-“real” relegando al poder-como-poder a una existencia puramente simbólica. La contradicción interna (contradicción entendida aquí como una diferencia explícitamente hegeliana entre los medios filosóficos de conceptualizar la inmanencia y la trascendencia, un hegelianismo que solo puede resolverse con la muerte de la decisión filosófica que produce la representación de la inmanencia misma) entre la inmanencia del poder en el socius —que aquí es puramente afectiva más que conceptual, desligada de las elaboraciones discursivas— y su salida de cualquier afuera auténtico que lo funde en otra cosa que no sea el simulacro, constituye la escena del poder contemporáneo, la base de toda estrategia política productiva (tanto para imponer poder como para resistirlo). En este sentido, hay un doble significado en la “invasión de lo real” baudrillardiana: la invasión del medio afectivo por el código y el devenir-código del medio afectivo.

Estas operaciones duales producen dos movimientos opuestos: el pliegue y el contra-pliegue (en contraste con el pliegue y no-pliegue presentados por Deleuze). El pliegue aquí es tomado de Deleuze, que desarrolló el concepto en sus trabajos sobre Leibniz y Foucault. Aunque el pliegue, como muchos de los conceptos de Deleuze, es un concepto “borroso”, para nuestros propósitos es un pliegue en el que el afuera de un aparato se repliega hacia adentro. Es una relación no dialéctica particular entre adentros y afueras caracterizada por un “plegamiento” de la metafísica planar, sobre la cual se constituyen los territorios específicos de lo “interior” y lo “exterior”, donde el afuera ejerce agencia sobre el adentro. El pliegue es un secuestro del adentro, un movimiento hacia fuera que pasa a través. Deleuze usa el pliegue para analizar la estética (como en el arte barroco, al que caracteriza por su obsesión con adentros y afueras), poder/saber (allí explora la relación entre lo visible y lo enunciable junto con la concepción foucaultiana de la subjetivación) y la subjetividad (la subjetivación como el afuera del yo que entra, y la ética del yo como el yo efectuándose a sí mismo). Plantea que el pliegue, al menos en su dimensión política, está definido tanto por las interacciones entre el adentro y el afuera de un aparato mientras reconstituye y construye continuamente el adentro de dicho aparato y, por extensión, “curva” el afuera.

Deleuze escribe:

“Y a partir del siglo XIX son más bien las dimensiones de la finitud las que pliegan el afuera y constituyen una ‘profundidad’, una ‘densidad retraída en sí misma, un adentro de la vida, del trabajo y del lenguaje, en el que el hombre está incrustado, aunque solo sea para dormir, pero que a su vez está también incrustado en el hombre ‘como ser viviente, individuo trabajador o sujeto hablante’. O bien es el pliegue de lo infinito, o los pliegues constantes de la finitud los que curvan el afuera y constituyen el adentro.”

Así, el pliegue es el continuo autoajuste del adentro mientras, por extensión, manipula lo que está afuera (esta es la estrategia del imperio en su autoajuste a la crisis, como se discutió antes). Por ejemplo, la locura está fuera de la imagen del pensamiento definida como “razón”, sin embargo lo que constituyen la locura y la razón (junto con sus normas particulares y aparatos de aplicación) a través de su dialéctica trascendente kantiana es precisamente los aparatos y normas que reconstituyen la razón y la locura. Así, la diferenciación conceptual relativa y la individuación en el nivel social están siempre constituidas por pliegues del objeto diferenciado, produciendo una dependencia fundamental de todo adentro respecto de su afuera (lo cual hace aún más difícil el caso del poder cibernético). Lo que queda claro es que lo que constituye adentros y afueras, y por tanto lo que constituye pliegues, es relativo a la territorialidad dada sobre la cual se funda el pliegue; no puede haber simplemente constitución de un nuevo aparato sin un aparato fundante previo (no hay pliegues ex nihilo). Por ejemplo, la subjetivación es claramente un pliegue cuando se funda en el territorio del sujeto, ya que el afuera del poder invade el adentro de la subjetividad. La subjetivación es el repliegue hacia dentro del poder en el sujeto humano, su constitución tanto dentro del discurso trascendente (el sujeto-como-sujeto) como en la realidad inmanente (el sujeto-como-experiencia). Sin embargo, para nuestros propósitos, el pliegue no debe fundarse en el nivel de la subjetividad, sino más bien en el nivel más amplio del poder, constituido por las interacciones entre los adentros y afueras del control. En este sentido, un pliegue del poder, especialmente en su estado difuso actual, es el afuera del poder que se repliega hacia dentro, un secuestro o cortocircuito particular del poder para alcanzar el afuera.

En el estado actual de las cosas, donde las categorías de dentro y fuera han perdido su fundamento, ¿cómo podemos hablar de los pliegues del poder? Si hemos de imaginarlo como un plegamiento literal, uno sobre un plano con un territorio dado que fundamenta el adentro y el afuera de dicho territorio, ese plegamiento ya no constituiría un pliegue con la muerte del territorio. En su lugar, no habría base para un plegamiento y este constituiría más bien un plano inmanente con meras intensidades, ocupando tanto un plano de inmanencia como un plano de trascendencia debido a la doble naturaleza del poder cibernético. Así, el plegamiento que constituye el poder (o más bien un contra-pliegue, como se verá) es el productor de esta inmanencia artificial, esta inmanencia-en-la-última-instancia. El suelo o base del poder no es la producción de aparatos a partir de una teoría metafísica inmanente de fuerzas (el Nietzsche de Deleuze), sino más bien las operaciones duales de pliegue y contra-pliegue que pliegan y difunden el poder hasta un estado de devenir-inmanente donde el mismo acto de plegarse se vuelve aparentemente imposible.

¿Qué es el contra-pliegue? El contra-pliegue no es algo radicalmente nuevo, una clásica inversión deleuziana o “enculage” del pliegue. Más bien es el pliegue opuesto al pliegue cuando se coloca en relación con el poder: el adentro del poder desplegándose hacia afuera. Así, la subjetivación, el devenir-sujeto de la subjetividad, es en sí misma un acto del contra-pliegue, un plegamiento del poder exterior en el interior de la “subjetividad”. El contra-pliegue del poder es su devenir-difuso, su devenir-inmanente. Es el pliegue que constituye, junto con el pliegue del poder, el doble devenir-inmanente y devenir-trascendente del poder cibernético. Esto, por supuesto, implica que el afuera del poder es en sí mismo una “interioridad”, un aparato dado que está de algún modo fuera del poder. El afuera, aunque en su presentación actual esté definido por una “decisión filosófica” post-kantiana acompañada de una “alucinación filosófica”, claramente no es un aparato que constituya una interioridad propia. Aquí es donde el contra-pliegue difiere del pliegue tal como se lo ha conceptualizado tradicionalmente: su plegamiento no es la invasión del interior por el exterior (fuerzas más allá de cualquier exterioridad concebible), sino un devenir-interior maníaco que produce una planitud trascendente (una inmanencia trascendente, por así decirlo, un plano de trascendencia). La cadena interminable de pliegues y contra-pliegues produce la moderna “base” de la política: un plano de fuerzas y control constituido tanto como código y como afecto (la división tipo base/superestructura [infraestructura/superestructura] entre código y afecto colapsa sobre sí misma, dejando solo la guerra entre formas-de-vida).

Este texto avanza, o al menos comienza a avanzar un “aceleracionismo”. ¿Qué constituye esta forma de aceleracionismo, supuestamente “afectivo”, y cómo se relaciona con la discusión sobre la doble naturaleza del poder contemporáneo? Para responder a tal pregunta, debe discutirse primero la relación del aceleracionismo con el pliegue. El aceleracionismo, tanto como término como en un sentido de medio más amplio, ha experimentado en los últimos años una general desterritorialización de su uso, por así decirlo. Se ha devorado a sí mismo, impulsado por docenas de ramificaciones y por una invasión general del discurso público. Colquhoun, o Xenogothic, lo expresa mejor en su trabajo sobre la historia y el estado actual del discurso “aceleracionista”:

“No importa quién gane, el aceleracionismo pierde. Lo que una vez fue una escena animada de discusión filosófica en línea, producción cultural y argumentación política, ahora se ha secado por completo. Se ha convertido en un caballo muerto azotado sin cesar tanto por críticos como por adeptos. Para un movimiento supuestamente dedicado a una aceleración fuera de la estasis, resulta vergonzoso que se haya golpeado a sí mismo hasta la muerte con su propio látigo, sucumbiendo a su propia complejidad conceptual y quedando atrapado en un lío enteramente de su propia creación.”

La otrora vibrante escena de producción cultural y teórica, descendiente de la experimentación maníaca y vivaz de la CCRU, se ha convertido en una cáscara de lo que fue. El “secuestro” de las capacidades autoajustivas y creativas del capital ha ocurrido dentro del propio aceleracionismo, ya que la producción cultural se divide entre un malentendido general de los términos (aceleracionismo en el discurso público como la idea de que las cosas deben empeorar antes de mejorar) o la fractura entre los neo-reaccionarios al estilo Thiel (un destino que finalmente recayó sobre Land) y los socialdemócratas esotéricos, cada uno informado por una visión equivocada del aceleracionismo. También están los infames terroristas de ultraderecha que utilizan el término aceleracionismo como la instigación deliberada de crisis para provocar una “guerra racial”. Cuando discutamos “aceleracionismo” no será en el sentido del vulgar aceleracionismo del discurso público ni en la variedad de programas políticos asociados a lo que está “fuera” o “después” del secuestro de los distintos pliegues del tecnocapital (aunque un “programa” propio será pronto avanzado). Más bien será un análisis específico del tiempo trascendental, la aceleración tecnocapitalista y el pliegue, derivado de los trabajos de Kant, Marx, Deleuze, Guattari y la CCRU. El aceleracionismo opera desde una idea del tiempo, derivada de Kant, Bergson y Deleuze, caracterizada por su no linealidad. El tiempo no es simplemente una magnitud escalar que indica diferentes momentos a lo largo de un continuo, sino que presenta diversos pliegues que constituyen la experiencia del tiempo y la memoria.

Un momento no puede experimentarse de forma atomizada; siempre está contextualizado y de hecho experimentado como un plegamiento inmanente de memoria y presente. En un sentido proustiano y en cierto modo situacionista, la enfatización del momento como situación es en sí misma solo un producto de la intensidad del momento. Siempre existe la distinción entre situación y acontecimiento, la distinción entre una política situacionista y una política badiouana. La situación es la trascendencia inmanente del tiempo bergsoniano, la trascendencia “fractal” de su inmanencia planar y de los pliegues que fundamentan una micropolítica insurreccional. La teoría bergsoniana del tiempo, por el contrario, fundamenta lo que se llamará una política “aceleracionista”, basada en los diversos pliegues del tiempo-capital y el devenir-macro de lo micro-político. Así como el capital es poroso para Deleuze y Guattari, el tiempo-capital está compuesto de diversos pliegues entre pasado, presente, futuro y exterior, todos entrelazados en una experiencia coherente de tiempo-capital como capital en su totalidad. Esto se fundamenta en lo que la CCRU llama el numogram, un diagrama matemático particular que se dice modela los pliegues inmanentes del tiempo-capital en relación con la exterioridad y la “hechicería temporal lemuriana” o, para nuestros propósitos, la hiperestición. El numogram da un relato matemático de cómo interactúan el tiempo-capital y el afuera, operando a través de una estructura inmanente de tipo oculto de varios pliegues entre diferentes zonas y lo que yace entre ellas. El tiempo-capital está perpetuamente acechado por el futuro del capital y por los futuros que constantemente niega. El capital y el poder cibernético imponen un devenir-inmanente a todos los aspectos del tiempo trascendental, alisando el tiempo hasta que los conceptos de agencia, linealidad y causa-efecto se vuelven insignificantes. Este es un plegamiento particular no solo del tejido social, sino de la misma experiencia del tiempo-como-capital.

El aceleracionismo sostiene que, a partir de esta serie de pliegues, tenemos el potencial de secuestrar el futuro, produciendo lo que se llama una hiperestición. Una hiperestición es una profecía autocumplida, una fuerza memética de devenir-inmanente que impone cambio no desde una agencia concreta sino desde el cortocircuito de la misma falta de agencia. La hiperestición es así puramente espectacular y puramente “fatal”, siendo un secuestro en el nivel del código y la representación que define nuestra experiencia del tiempo trascendental. El tiempo trascendental es, para Land, trascendental en el sentido kantiano: significa que es a la vez anterior a la experiencia del sujeto-como-sujeto y más allá de ella en su existencia como exterioridad. El tiempo no es, por tanto, una entidad afectiva al nivel de la subjetividad humana, sino un proceso trascendental no lineal más allá y anterior a la subjetivación del humano-como-humano. Su experiencia y fuerzas son, sin embargo, puramente a nivel de código en su invasivo devenir-inmanente con lo real. Del mismo modo, la hiperestición se actualiza en el libre juego entre los códigos que engendran la “profecía autocumplida”. Los diversos programas aceleracionistas (r/acc, l/acc, etc.) operan cada uno mediante una estrategia hiperesticional que busca secuestrar el tecnocapital y la “exterioridad” para la producción de una nueva “paz social”.

El afuera que buscan utilizar, aunque ciertamente un ser-más-allá-del-aparato como se dijo antes, contrasta directamente con el afuera inmanente y vital de corte tiqquniano. Para Tiqqun y la tradición insurreccional más amplia, el afuera es la intensidad vivida que escapa y se separa de la pasividad forzada del biopoder y del espectáculo. Es algo siempre alcanzable, un plano de consistencia desde el cual la lucha y la contestación encuentran su base. Los aceleracionistas, tomando de la CCRU, sitúan en cambio el afuera en el borde del tiempo-capital, un plano trascendente radicalmente inhumano y “frío”. Ambos grupos consideran ese afuera como un sitio intensivo y vital de desterritorialización, pero cada uno lo sitúa en planos de consistencia (o más bien de trascendencia, en el caso de la CCRU) fundamentalmente distintos. Las diferencias entre los pliegues descritos por ambos campos (pliegues y contra-pliegues) dependen directamente de la zona de lucha en la que se fundamentan (totalidad y singularidad). Las estrategias de ambos campos dependen del secuestro del pliegue respectivo de cada cual, del uso de su respectivo afuera para llevar a cabo una transformación hiperesticional o insurreccional.

Un aceleracionismo “afectivo” no se centra en un enfoque singular sobre pliegues o contra-pliegues, totalidad o singularidad, etc., sino en el plano construido a partir del doble devenir-inmanente y devenir-código de la escena cada vez más difusa del poder cibernético. No se funda ni en la fría exterioridad inhumana de la CCRU ni en las líneas de fuga trazadas por Tiqqun, sino en el afuera puramente inmanente tal como se vive (remontándose al trabajo tardío de Deleuze y Laruelle) hallado en la convergencia emergente entre afecto y representación. El afuera no puede alcanzarse ni como plano de consistencia ni como capital inhumano debido a esta singular convergencia de pliegues. Solo puede alcanzarse mediante un impulso vital, un actuar-a-través-del-afuera o “uno”. La convergencia de pliegue y contra-pliegue, aunque facilita la capacidad de control social, ofrece una oportunidad única de secuestro a través del plegamiento de la totalidad y la singularidad. Esto ya no ocurre mediante una estrategia hiperesticional fatal (que no es sino una reubicación oscura del temprano utopismo situacionista de Baudrillard), sino mediante una estrategia vital que, en lugar de plegar la frialdad de la trascendencia en la subjetividad afectiva, pliega la vitalidad afectiva en el ámbito de la totalidad y la trascendencia. Solo aquí puede emerger una política verdaderamente insurreccional, que no se reduzca ni a una política de TAZ (Zonas Temporalmente Autónomas) como secesiones literales (a diferencia de la separación vital y metafísica de Tiqqun), ni a la política revolucionaria clásica de la totalidad.

Parte 2

Totalidad y singularidad

Lo político en su forma contemporánea opera tanto a través de la totalidad trascendente de lo-político-como-político (lo político-en-sí, conceptual, fuera de su particular expresión afectiva) como en su aplicación particular al nivel de la producción efectiva de control (intervenciones de diversos aparatos como la policía, la clínica, la prisión, etc., junto a la imposición y aceptación de normas biopolíticas en el plano individual). La “tarea” de los teóricos, tanto a favor como en contra de lo político, ha sido priorizar ya sea la totalidad o la singularidad como el “sitio” de la estasis o de la resistencia. La teoría ha presentado hasta ahora únicamente diversas visiones de la contingencia entre ambos medios. O bien la totalidad se produce como una construcción artificial a partir de varias singularidades (un concepto generalizado o fantasma que luego refuerza la misma violencia que la produjo), o bien la totalidad, a través de sus operaciones autónomas, construye y determina la singularidad (la instancia específica de control). Lo segundo produce un platonismo político al establecer circularmente lo-político-en-sí como previo a toda materialidad inmanente, mientras que lo primero no puede ver lo-político-como-político, produciendo en su lugar una teoría del poder basada en un crudo voluntarismo: la idea de que simplemente podemos salir de la existencia ideológica del poder al dejar de aceptar su realidad metafísica. Esto es cierto en un sentido ontológico simple —pues es absurdo postular que el poder sea metafísicamente anterior a su emergencia al nivel de la singularidad (las inversiones afectivas que producen y sostienen el poder en la socialidad intersubjetiva concreta)—, pero ignora el devenir-inmanente o real inherente al poder cibernético.

El poder es producido por los sujetos y, a la vez, produce sujetos a través de procesos de retroalimentación, ya que las formaciones sociales generadas por las inversiones afectivas de la subjetividad determinan luego las construcciones dadas de la subjetividad-como-sujeto (la subjetivación foucaultiana y la producción de “líneas en la arena”). Esto crea un bucle de retroalimentación entre totalidad y singularidad, que conecta ambos medios mediante un doble devenir-inmanente y devenir-trascendente del poder, lo que le confiere la capacidad tanto de reconfigurarse al nivel de la totalidad como de determinar las singularidades hacia un estado de estasis. Los diversos “brotamientos” de intensidad entre singularidades (estados de crisis popular) han sido recuperados sin cesar mediante el autoajuste de lo-político-como-totalidad. Esta tendencia autoajustiva del poder ha producido dos respuestas en el ámbito de la teoría radical: una política de la totalidad (generalmente marcada ya sea por un enfoque revolucionario clásico de la política o por una teoría aceleracionista del pliegue), y una política de la singularidad (concebida como una política menor deleuzo-foucaultiana, o como la tendencia que va de Stirner a los situacionistas, Agamben y Tiqqun, que se centra en la vitalidad afectiva de la singularidad-cualquiera).

Lo último opera a través de lo que se ha denominado lo único (Stirner), la experiencia interior (Bataille), la forma vivida (Foucault), la intensidad (Deleuze), la vida cotidiana (los situacionistas), la singularidad-cualquiera (Agamben), la forma-de-vida (Tiqqun), etc. Aunque radicalmente diferentes, cada una de estas formas particulares proporcionan una base para el sitio de la política y de todas las potencialidades antipolíticas. Este es el sitio de la salida, una secesión insurreccional de la singularidad vivida respecto a la metafísica capitalista de la totalidad (una metafísica crítica de la secesión).

La lógica de la salida no es la de la secesión literal de un territorio dado, el sueño de que podemos simplemente ocupar un espacio libre de la contaminación del capital y del poder. Esta lógica “neo-TAZ californiana” de la ocupación se basa en una política burda de lo común, un intento ingenuo de recuperar algún atisbo de socialidad dentro del desierto árido del socius contemporáneo. En este medio, la praxis se imagina como la ocupación y reapropiación de un territorio dado, el devenir-común de la zona previamente estratificada y privatizada. Esta forma de praxis se observa en muchas luchas modernas (dos ejemplos contemporáneos clave son CHAZ y las ocupaciones estudiantiles pro-palestinas), expresando un deseo de eludir simplemente los aparatos tradicionales de control (el Estado, el capital, etc.) y atacar en cambio los sitios de la reproducción social (en lugar del foco marxista clásico en los sitios de producción, es decir, la fábrica). Si bien este modo de lucha ha surgido debido a problemáticas contemporáneas (el monopolio del control territorial por parte de la policía, el giro en Occidente de la producción hacia la reproducción social, etc.), se presenta bajo la forma del territorio-trascendente-como-territorio en lugar de como una verdadera política de la singularidad. No posee impulso vital alguno hacia la fuga, existiendo solo como un intento desesperado y pacificado de recuperar la socialidad y la comunalidad tradicionales (un ser-común que únicamente puede hallarse fuera de la forma territorial de la lucha).

Por el contrario, la política insurreccional de la salida opera mediante una salida metafísica, una política basada en una metafísica crítica en oposición a la metafísica mercantil (el devenir-ordenado y devenir-intercambiable de todo aspecto de la vida). Quizás el primer teórico de esta tradición de la singularidad, Max Stirner, define este movimiento con gran precisión:

“Revolución e insurrección no deben ser vistas como sinónimos. La primera consiste en un cambio radical de las condiciones, de la condición o estatus predominante, el Estado o la sociedad, y es por tanto un acto político o social; la segunda ciertamente tiene como resultado inevitable una transformación de las condiciones, pero no parte de ellas, sino del descontento de los seres humanos consigo mismos; no es un levantamiento armado, sino un levantarse de los individuos, un ponerse en pie, sin importar las disposiciones que de ello surjan. La revolución apunta a nuevas disposiciones, mientras que la insurrección nos conduce a no dejarnos disponer más, sino a disponernos a nosotres mismes, y no deposita esperanzas radiantes en las instituciones.”

En lugar de abogar por la revolución (la política transformadora clásica al nivel de la totalidad), Stirner defiende un “levantarse” de los individuos, un cambio en la consideración metafísica de sistemas como el Estado y el capital. Es un rodeo que no existe solo para reinstalarse en una política del territorio-trascendente-como-territorio, sino que nos llama a no dejarnos disponer. Para Stirner, el poder de cualquier aparato es contingente en su devenir-trascendente, en su existencia como ídolo en el que los individuos creen. Así, en un sentido similar al que Agamben llamará poder destituyente, debe negarse la validez metafísica de estos sistemas y volverse a un enfrentamiento directo de singularidades (Stirner aquí evoca la “guerra de todos contra todos” hobbesiana, anticipando directamente la teoría de la guerra civil elaborada por Foucault y Tiqqun). Esta salida metafísica no es, por tanto, una huida hacia un misticismo virtual (como caracterizó Hallward las teorías deleuzianas de inmanencia y diferencia), ni un intento ingenuo de ignorar las realidades de la lucha política, sino una elaboración de una micropolítica de la singularidad.

A pesar de este claro enfoque material y político, diversos críticos de estas militancias de la singularidad se presentan como salvadores de la realidad frente al supuesto voluntarismo ingenuo de los “pequeños-burgueses individualistas”. Está, por supuesto, la célebre diatriba de Marx contra el “San Max” de La ideología alemana, a partir de la cual Marx desarrolló su teoría del materialismo histórico; pero más recientemente encontramos también la crítica del “neo-TAZ tiqqunista” Comité Invisible realizada por Endnotes. En su artículo de 2012 “What Are We to Do?”, escriben:

“La comunización es un movimiento al nivel de la totalidad, a través del cual esa totalidad es abolida. La lógica del movimiento que abole esta totalidad difiere necesariamente de aquella que opera al nivel del individuo o grupo concreto: debería ser evidente que ningún individuo o grupo puede superar la reproducción de la relación de clase capitalista por sus propias acciones. La determinación de un acto individual como ‘comunizador’ proviene únicamente del movimiento global del que forma parte, no del acto mismo, y sería por lo tanto erróneo pensar la revolución en términos de la suma de actos ya comunizadores, como si todo lo que se necesitara fuera cierta acumulación de tales actos hasta un punto crítico… Así, el ‘TAZ’, la alternativa, la comuna, etc., deben ser repensados, pero con una crítica del alternativismo en mente: debemos escindirnos, sí, pero esa escisión debe implicar también la ‘guerra’. Ya que tales lugares supuestamente liberados no pueden estabilizarse como exteriores a ‘capitalismo, civilización, imperio, llámese como se quiera’, deben ser reconcebidos como parte de la expansión y generalización de una amplia lucha insurreccional.”

Aunque sin duda constituye una crítica adecuada de la política del territorio-trascendente-como-territorio (y aciertan al caracterizar las ideas de Llamamiento y de muchos otros post-tiqqunismos en esos términos, un medio que tristemente ha perdido el filo crítico-cibernético que tuvo el grupo original frente a lo político), mantienen, sin embargo, un llamado explícito hacia un devenir-totalidad en todas las situaciones insurreccionales, un llamado a generalizar la lucha. En este sentido, comparten las preocupaciones de Tiqqun, evocando una visión de guerra directamente comparable a la concepción foucaulto-agambeniana de guerra civil. No obstante, donde Tiqqun concibe la guerra civil como implicando una secesión metafísica (un llamado hacia la exterioridad), Endnotes no ve más que la concepción tradicional del conflicto molar entre dos clases al nivel de la totalidad económica y política. En este sentido, su proyecto queda perpetuamente perseguido por el espectro de la muerte del movimiento obrero, postulando un entorno político en el que el único sujeto capaz de deshacer el interminable proceso de reproducción y valorización —el proletariado— es incapaz de expresar su poder salvo mediante una salida de su propia existencia como proletario. Pero incluso en esta teoría de la salida, no puede concebir sino una salida al nivel de la totalidad, deseando sin cesar que la tendencia a la lumpenización se vuelva trascendente a través de algún movimiento político identificable. Así, Endnotes (y, en general, toda la “ala marxista” de la llamada teoría de la comunización) postula una agencia-sin-agencia, un leninismo-sin-Lenin, un obrerismo-sin-obrero, etc. Es una teoría de la lucha política paralizada por la ausencia de una lucha concreta entre clases, incapaz de pensar en la actualidad de una metafísica crítica de la salida.

La ironía de esta crítica radica en que caracteriza el uso de los sujetos “nosotres” e “insurreccional” por parte del Comité Invisible (derivados ellos mismos del cuasi-estirneriano Partido Imaginario) como “perfectamente estirnerianos”, siguiendo a Marx en el etiquetado de la línea estirneriana como una desviación voluntarista, idealista. La crítica marxista a Stirner (y, de hecho, a toda la tradición de la política de la singularidad) consiste en señalar una aparente falta de agente social que pueda encarnar algún atisbo de cambio material fuera de un “retiro” voluntarista de las instituciones (un retiro que, para Marx, ignora las fuerzas materiales reales del capital junto a la contingencia y determinación de los agentes sociales en función de su posición de clase). En este sentido, Marx afirma la primacía de lo económico y de la clase por encima de la unicidad anti-fundacional de Stirner, sosteniendo que el proletariado, en su existencia como clase, es el único agente con capacidad de derribar la sociedad de clases. Aunque ciertamente hay un hilo de voluntarismo en la teoría de la insurrección de Stirner, las acusaciones de que Stirner ignora las fuerzas materiales o de que incurre en idealismo filosófico son en gran medida tergiversaciones construidas por Marx y Engels para contraponer su estrecho materialismo del conflicto de clases (en oposición al materialismo más bataillano de base de Stirner).

Endnotes amplía esta crítica a Stirner caracterizando lo “insurreccional” y el “nosotres” del Comité Invisible como carentes de toda agencia material concreta, limitándose a pasar por alto el problema de la conciencia de clase y el de la valorización. Según Endnotes, textos como Llamamiento y La insurrección que viene dan cuenta de una fuga sin dar cuenta de un agente material que fuga, cayendo en un supuesto voluntarismo estirneriano. Aunque dichos textos no están exentos de defectos y son, sin duda, productos de su momento (el deseo post-11S de huida y las ocupaciones de los años 2010), Endnotes no hace sino proyectar su propio impasse: su incapacidad para ir más allá de la noción económica estrecha del proletariado como la única entidad capaz de deshacer la sociedad de clases. En lugar de pensar verdaderamente una metafísica crítica capaz de resistir la reproducción, valorización, etc. del capital (el proceso general de devenir-inmanente), o de postular a partir de la muerte del movimiento obrero un verdadero materialismo de la resistencia (el partido imaginario), Endnotes simplemente critica a estos “tiqqunistas” por reflejar la metafísica de la lucha que nuestro tiempo plantea. No es que los “tiqqunistas” sean demasiado estirnerianos para este mundo, sino que este mundo es demasiado estirneriano para Endnotes (en el sentido de la ontología “anárquica” de la guerra civil y del doble devenir-inmanente y devenir-trascendente del poder).

La otra respuesta a la política de la singularidad (además de los últimos estertores de la política revolucionaria del siglo XX en forma de la comunización marxista orientada a la totalidad), o más bien su contraparte totalitaria frente a la ontología de la singularidad, se encuentra en el aceleracionismo. La aceleración plantea una política de la totalidad fundada en una metafísica de la singularidad: un devenir-trascendente de la ontología deleuziana (esto no quiere decir que Deleuze ignore la totalidad, sino que el aceleracionismo postula una política menor deleuziana situada al nivel de la totalidad).

Sea cual sea el programa político asociado con el proceso de “aceleración”, todos operan mediante una estrategia hipersticional de pliegue, en la cual un afuera (ya sea el frío afuera maquínico del CCRU o las “fuerzas no-capitalistas” de Fisher y del l/acc) atraviesa el interior, transformándolo radicalmente en una “aceleración” general de su tendencia desterritorializadora. Esto produce un devenir-singularidad de todos los sistemas de totalidad, no en el sentido de la singularidad pre-virtual de Deleuze o Agamben, sino como pura intensidad inmanente de la singularidad tecnocapitalista o de cualquier equivalente sistémico de esa singularidad (como la “singularidad tecnológica más allá del capital” propuesta por Fisher). Esta desterritorialización “absoluta” del capital (o de cualquier otro sistema cibernético) provoca el fin de toda regulación social a nivel de la totalidad, instaurando una política de la radical “novedad”.

Los aceleracionistas de izquierda, de hecho, lo expresan con absoluta claridad en su manifiesto. Williams y Srnicek escriben:

“Creemos que la división más importante en la izquierda actual es entre quienes se aferran a una política popular de localismo, acción directa y horizontalismo incansable, y quienes esbozan lo que debe llamarse una política aceleracionista cómoda con una modernidad de abstracción, complejidad, globalidad y tecnología. La primera se contenta con establecer pequeños y temporales espacios de relaciones sociales no capitalistas, eludiendo los problemas reales que conlleva enfrentarse a enemigos intrínsecamente no-locales, abstractos y arraigados en nuestra infraestructura cotidiana. El fracaso de esa política estaba incorporado desde el principio. En contraste, una política aceleracionista busca preservar los logros del capitalismo tardío y, al mismo tiempo, ir más allá de lo que su sistema de valores, estructuras de gobernanza y patologías de masas permiten.”

Los aceleracionistas de izquierda, al igual que sus contrapartes pseudo-landianas, postulan el fin del proceso de autorregulación y estabilización del capital, es decir, de la producción de estasis. Según ellos, los procesos cibernéticos de recuperación funcionan mediante la producción capitalista de exceso o de “fuerzas no-capitalistas”, que luego son pacificadas para mantener la estabilidad. Su programa consiste entonces en la producción de “nuevas subjetividades”, nuevas fuerzas no-capitalistas que puedan configurar un afuera-contra-el-capital a través de un devenir-independiente de la fuerza-no-capitalista-en-sí. (Aquí se tiende a confluir, por simplicidad, la posición de Fisher con la de los aceleracionistas de izquierda, aunque conviene notar que la de Fisher es mucho más avanzada y matizada).

Así, en lugar de postular el afuera como la frialdad inhumana del propio capital, los burócratas de la totalidad conciben el afuera como un producto continuo de los excesos del capital como pura interioridad. Mediante un plegamiento hipersticional, estas fuerzas no-capitalistas fuerzan los “límites” interiores de la tendencia desterritorializadora del capital (que, más que definirse como intensificación de la “velocidad” del capital, se concibe como incremento de la “velocidad” de los excesos exteriores del capital y la desactivación de su recuperación) hasta el punto de ruptura, posibilitando una automutación del capital más allá del capital a través de su proceso cibernético de autoajuste. Es una cibernética-contra-cibernética, un neoliberalismo-contra-neoliberalismo, etc.

Dejando de lado la fuerte tendencia gestional y biopolítica presente en este medio (que proviene de su rechazo a la política de la singularidad), su política se fundamenta en un uso indebido tanto de la noción de afuera como del plegamiento, ya que contempla lo cibernético únicamente desde la perspectiva del pliegue tradicional (el afuera-que-viene-adentro), en lugar de pensarlo como una doble tendencia de devenir-inmanente y devenir-trascendente (que ahora podemos entender respectivamente como devenir-singularidad o afectivo, y devenir-totalidad o político-simbólico como lo-político-en-sí).

En lugar de la política estrecha de la totalidad, que a pesar de pretender trascender una vieja política leninista permanece atrapada en sus problemáticas, debe avanzarse una política de la singularidad-como-singularidad sin un voluntarismo de la totalidad (que ignora la naturaleza cibernética del poder y su devenir-trascendente o devenir-código). A pesar de claras diferencias tanto en su construcción como en su intencionalidad, el anti-cibernetismo insurreccional de Tiqqun y el proto-aceleracionismo lovecraftiano de la CCRU intentaron enfrentar directamente esta tarea. Si bien anclan sus prácticas en lados opuestos de la cada vez más opaca dialéctica de totalidad y singularidad, cada uno busca abordar y desactivar o trascender la totalidad de la actualidad cibernética (más allá de la simple, supuestamente contingente, unilateralidad de la mayoría de los análisis cibernéticos). En lugar de la noción de “fuerza-no-capitalista” (que, ya sea a través de una contingencia o de una fuerza-no-capitalista-en-sí, no puede funcionar como un afuera propio debido a su existencia como interioridad al poder cibernético, es decir, no hay independencia funcional de la fuerza no-capitalista por su existencia en el nivel de la totalidad), ambos grupos basan su noción de “exterioridad” (aunque el término no aparece como un concepto central a lo largo de la obra de Tiqqun, sí aparece como un punto de anclaje temático, por así decirlo) en la afectividad vivida de la “presencia” (empleada de manera agambeniana y post-heideggeriana) o en la fría inhumanidad del capital-en-sí (definida a través de las idiosincráticas reflexiones de Land sobre Kant). Las interacciones con ambos “afueras” definen tanto la concepción general de las relaciones políticas (el numogram y el aparato, respectivamente) como la estrategia política. La estrategia opera mediante un plegamiento que trae el afuera hacia adentro, permitiendo la desestabilización y eventual colapso o trascendencia del capital y del poder. Sus respectivas estrategias —la secesión metafísica y la hiperstición— buscan cada una aprovechar la potencia del afuera para encontrar una exterioridad mediante la cual enfrentar las problemáticas cibernéticas.

El problema clave al que ambos grupos se enfrentan, junto con las líneas de pensamiento con las que terminarían asociándose (la llamada “comunización anarquista” y el aceleracionismo, respectivamente), ha sido el mapeo y la utilización del afuera como estrategia política. La primera coloca sus esperanzas en “el partido imaginario”, producto de la muerte del movimiento obrero que ya no funda su plano de consistencia en ninguna subsección identificable del socius más amplio. En cambio, se trata de un plano de escape, un ser-en-común de sus miembros basado en un rechazo colectivo de la metafísica fundante del mundo, es decir, la metafísica de la mercancía. Siguiendo a Foucault, Tiqqun no pretende hablar en nombre del partido imaginario ni representar su posición en el discurso, sino más bien cartografiar sus actividades buscando los puntos en los que las energías libidinales del partido puedan brotar como sitios de intensidad insurreccional. Estos “borbotones” de intensidad deben ser canalizados en un frente generalizado dentro del estado siempre presente de guerra civil. La pregunta entonces es: ¿quién canaliza esa energía libidinal? ¿Quién transformará esas breves chispas insurreccionales al nivel de la singularidad en un frente generalizado? Tal vez estas sean las preguntas equivocadas, ya que la difusión del poder en las tendencias duales de devenir-inmanente y devenir-trascendente hace imposible —e incluso indeseable— cualquier agente social capaz de reterritorializar las energías libidinales y las potencialidades confrontativas en un agente definido, molar. Tiqqun acierta al criticar las viejas preguntas leninistas “¿qué hacer?” y “¿quién lo hará?”, reemplazándolas en cambio con una propia: “¿cómo ha de hacerse?”. La pregunta se convierte así no en una cuestión de agentes, sino de cartografía, de canalización del afuera.

El segundo grupo, la CCRU, en cambio deposita sus “esperanzas” (si es que “esperanza” pudiera ser una palabra adecuada para describir sus actividades) en la fría inhumanidad del capital-en-sí, el afuera que fundamenta las operaciones del tiempo-capital. A diferencia de la pregunta situacionista y más tarde deleuzo-foucaultiana de “¿cómo podemos encontrar un afuera del capital?”, la CCRU considera que las relaciones sociales capitalistas actuales no son “verdaderamente” capitalistas, sino más bien una serie de regulaciones y territorialidades impuestas sobre ese capital. El capital es, siguiendo la obra de Deleuze y Guattari, una fuerza esquizo-revolucionaria que desestabiliza las formas culturales solo para ser reterritorializada en un nuevo ordenamiento social. Land observa esta tendencia y describe su ser-hacia-la-singularidad o colapso, su empuje inevitable hacia la desterritorialización absoluta en el cuerpo del capital. Así, el camino “liberador” (de nuevo, si tal palabra pudiera describir en absoluto el pensamiento de la CCRU) consiste en perderse en la fría inhumanidad del capital, en abandonar toda esperanza en una política de la autenticidad y abrazar las crecientes potencialidades “revolucionarias” del capital y su alienación post-humana. Pese a los intentos de diversos grupos posteriores a la disolución de la CCRU (aceleracionismo de izquierda, aceleracionismo de derecha, neorreaccionarios, patchwork, aceleracionismo de género, etc.) de construir un programa hipersticional capaz de utilizar esto para alguna política concreta a partir de la singularidad tecno-capital, o mejor dicho puramente tecnológica, el capital-en-sí en el nivel de la totalidad se ha divorciado por completo de las cadenas humanas del intercambio de capital (M–C–M’) de las que nació. Aunque ciertamente la CCRU nos ofrece herramientas, como la hiperstición y la “brujería del tiempo” lemuriana, el capital-en-sí no puede ser tratado como un simple aparato político que pueda ser manipulado por la agencia humana. Es, más bien, radicalmente inhumano, carente de toda preocupación por la política o los programas humanos. La tarea de la CCRU se convierte entonces, al igual que la de Tiqqun, en la cartografía y la pragmática de la exterioridad.

El punto clave de diferenciación entre ambos grupos, que comparten un trasfondo teórico común en la teoría francesa “posmoderna” y en la cibernética, es la caracterización del capital como interioridad o como pura exterioridad, a partir de lo cual una política “deleuziana” se centra en el pliegue o en el contra-pliegue (sin descartar necesariamente al otro, como hacen los ciberneticistas estrechos). Un aceleracionismo afectivo (la posible respuesta a la cuestión clave planteada tanto por Tiqqun como por la CCRU) debe trabajar a través de la convergencia dual de estas dos modalidades de pliegue en lo que podría llamarse el plano de lo político o de la política. Debe basarse en una forma de exterioridad al proceso cibernético que no simplemente salga o se separe hacia el reino de la política, hacia la confrontación afectiva de singularidades y sus formas-de-vida. Más bien, debe realizar inversiones afectivas de nuevo en lo político-en-sí (que converge con el capital-en-sí lovecraftiano de la CCRU) a fin de producir lo que podría llamarse una fuerza-no-capitalista, un agente o una subjetividad capaz de deshacer los propios axiomas del capital y de la biopolítica. Esto conduce a una metafísica crítica hipersticional, una secesión metafísica del capital-metafísica al nivel mismo de la totalidad. Tiqqun contenía la base de esta visión en su elaboración original de la metafísica crítica y de la economía de la “presencia” (aquí puesta entre comillas debido a un comentario ulterior sobre el uno como experiencia vivida en relación con la noción post-heideggeriana de presencia de Tiqqun), escribiendo:

“Cada aparato posee su propia pequeña música, que debe ser puesta ligeramente fuera de tono, incidentalmente distorsionada, empujada hacia la decadencia, hacia la destrucción, hasta desencajarse… Convertir la esquizofrenia impuesta del autocontrol en un instrumento conspirativo ofensivo. Convertirse en un hechicero.”

El aparato, mediante la inversión afectiva aquí análoga a la distorsión musical (la cual se asocia a su vez con la intensidad musical en géneros como el punk y el metal), es empujado a un deshacer de su propia naturaleza y con ello a una reapropiación o “comunización” de su funcionamiento. Esta re-funcionalización o devenir-distorsionado-como-común [una apertura hacia el afuera] del aparato se opone a las políticas populares de la ocupación que rehúsan distorsionar, rehúsan deshacer el aparato a costa de su propia territorialidad. Esta distorsión y re-funcionalización del aparato constituye el único programa “aceleracionista” apropiado que podría desatar las míticas fuerzas-no-capitalistas del aceleracionismo de izquierda. La pregunta a partir de allí se convierte en: ¿qué podría ser una “exterioridad” al proceso cibernético? ¿Cuál podría ser la base de esa manifestación social potencial de vitalidad afectiva? No puede ser la comunidad comunista del partido imaginario, que vive siempre en los intersticios y nunca puede manifestarse fuera de las simples escenas de singularidad en las que se ancla. La línea Stirner–Tiqqun (el “compra-salida” de los aparatos y con ello la desactivación de su legitimidad) debe fijar su mirada en la operación cibernética más amplia que manifiesta y construye esas mismas situaciones mediante el ciclo continuo de retroalimentación. Esto no por falta de esfuerzo de su parte, sin embargo, para la desactivación vital total del devenir-pasivo cibernético de todos los cuerpos debe existir la construcción de un verdadero afuera y, a partir de él, el despliegue masivo de inversiones afectivas y beligerantes. Cualquier afuera de un plano de la política inherentemente codificado y espectacular (devenir-trascendente o codificado a través del pliegue) debe fundarse en lo real del afecto-como-afecto, en la experiencia vivida de la vida cotidiana. Esto lo demostraron con claridad los situacionistas, que mediante su noción de la situación propusieron no una salida, sino una política fractal del acontecimiento, no como acontecimiento, sino como un medio existencial vivido.

Esto lo realizan los situacionistas tanto como visionarios como también en su faceta de intelectuales artísticos algo ingenuos, al pasar por alto la problemática cibernética clave que se desarrolla a partir de su noción de Espectáculo. La recuperación del espectáculo no se detiene en la mera recuperación de las prácticas artísticas, sino que llega a recuperar la propia base de la experiencia humana. La experiencia humana está determinada por una subjetivación que hace de uno un sujeto pasivo e individuado dentro de un aparato. La nada creativa de Stirner es despojada de su “agencia” subjetiva (si es que Stirner pudiera considerarse un teórico de la agencia), siendo reemplazada en su lugar por lo que Deleuze llama “la vida en los pliegues”. Quizás entonces sea la visión ética de Deleuze la que pueda escapar a este repliegue inherente de la experiencia directa. En su texto sobre Foucault escribe:

“El punto más lejano se vuelve interior al convertirse en el más próximo: la vida en los pliegues. Esta es la cámara central, de la que ya no hay que temer que esté vacía, puesto que uno la llena consigo mismo. Aquí uno se convierte en maestro de su velocidad y, relativamente hablando, en maestro de sus moléculas y de sus rasgos particulares, en esta zona de subjetivación: el barco como interior del exterior.”

Esta inversión de los pliegues y la reapropiación del control sobre la propia “velocidad” sugiere, en sí misma, la posibilidad de una reapropiación del proceso aceleratorio del capital mediante inversiones afectivas vitales. Deleuze sugiere la posibilidad de una ética de la subjetividad, un tercer polo más allá del saber y del poder que contiene la potencia de desactivar las dimensiones disciplinarias y biopolíticas imbuidas en los otros dos polos. Es una ruptura con la experiencia-como-poder y un redescubrimiento ético de la experiencia-como-sí-misma, la desactivación propia de la trascendencia cibernética y el devenir-inmanente, y con ello el descubrimiento de una vida como pura inmanencia. La pura inmanencia como una vida, o la experiencia-como-sí-misma, es la autoimpresión siempre presente de los afectos que es “olvidada” (si hemos de emplear los términos de los fenomenólogos) mediante la subjetivación de la vida en experiencia-como-poder (la vida de un cuerpo dócil y determinado).

Debe entonces, con el fin de replegar la intensidad de esta experiencia-como-sí-misma (la vitalidad o jouissance del Uno, como la llama Laruelle) de nuevo en la totalidad cibernética más amplia por medio de inversiones afectivas y de lo que podría llamarse una “estrategia vital” (en oposición a la estrategia fatal que se encuentra al nivel del devenir-trascendente), actuarse a través de esta experiencia o afectividad para desactivar la producción de la experiencia-como-poder o de la experiencia-como-capital (dependiendo del lado que se adopte en el debate Tiqqun–CCRU sobre la contingencia del capital y el poder, debate en gran medida irrelevante aquí). Se trata de la distorsión y la “comunización” de los aparatos sin recurrir a una simple secesión ni a una política estrecha de la singularidad sin totalidad. Debe apoyarse en lo que podría denominarse un actuar-a-través-del-Uno o “exterioridad”, una forma hipersticional de lo que se llamará no-práctica (non-praxis), que se opone a la praxis institucionalizada y que la sobrepasa al mismo tiempo que se edifica sobre la idea del aceleracionismo incondicional de una antipraxis.

Etiquetado como Aceleracionismo, Aceleracionismo Afectivo, Cibernética, Deleuze, Guerra, Materialismo Libidinal, Metafisica Critica, Nick Land, Tiqqun

Aceleracionismo incondicional como antipraxis

Publicada el 2025/08/26 - 2025/08/26 por styx

Este artículo fue traducido por una conspiración de inteligencias anorgánicas, apropiado y propagado ignorando los principios de propiedad y autoría. Toda apropiación del material es estimada como legítima, si es que tiene sentido hablar de legitimidad.
Texto original: https://cyclonotrope.wordpress.com/2017/06/12/unconditional-accelerationism-as-antipraxis/


Si la articulación pública del aceleracionismo incondicional se ha ralentizado en los últimos meses, la recepción y la controversia que ha suscitado no lo han hecho. El silencio, por supuesto, es superficial. La tormenta arriba está hinchada; pronto, el cielo verde-marino se quebrará, y el aire se llenará de transmisiones provenientes de la vastedad más allá. Lo mejor es explicar la situación antes de que sea demasiado tarde.

¿Qué es el aceleracionismo incondicional? — ¿Qué, en todo caso, es el aceleracionismo?

Nick Land ha ofrecido una excelente respuesta a esta pregunta en su “Introducción rápida y sucia”, pero desde la perspectiva de U/ACC [Unconditional Accelerationism] queda aún mucho más por decir. El problema ha sido enturbiado por su constante formulación en términos humanistas, lo cual ha provocado un rechazo a comprender la enormidad de los asuntos en juego. Desde esta perspectiva humanista, el pensamiento es asimilado enteramente al objetivo de negociar los problemas que supuestamente enfrenta la humanidad. Filosóficamente, se ocupa de una comprensión epistemológica fundada —implícita o no— en la centralidad de un sujeto humano coherente; críticamente, reduce el mundo a las relaciones de poder ejercidas por humanos sobre humanos; políticamente, se sumerge en la definición y puesta en marcha de una sociedad humana mejor. El pensamiento queda, en última instancia, reducido a una serie de preguntas técnicas que constituyen el mapeo táctico de una topografía cuya forma definitiva se da por indiscutida.

Este parroquialismo retrógrado y persistente ha eclipsado el contenido intelectualmente interesante del aceleracionismo. En el uso coloquial dentro de la izquierda, por ejemplo, aceleracionismo ha llegado a significar meramente la idea de que la situación de la humanidad debe empeorar antes de mejorar. En el corazón de esta definición yace la insistente y obsesiva pregunta humanista: “¿Qué hacer?”, la cuestión fundamental de la praxis. La respuesta se traduce en: “Debemos empeorar las cosas, para que luego mejoren.” Esta idea intrascendente ha provocado una avalancha de furiosa crítica de escala intelectual correspondiente. Se nos dice que es la doctrina de “un niño bobo, atrapado en un tren a punto de estrellarse, fingiendo que es el conductor”. Muy cierto, y sin embargo los críticos protestan demasiado: este es un sentimiento característico del radicalismo moderno desde hace siglos. Las profecías de catástrofe inminente de Fourier se entrelazan con la teoría leninista de la intensificación de las contradicciones, y así sucesivamente hasta hoy. Hace cien años, a esta idea se la llamaba catastrofismo, y si es una enfermedad, es una enfermedad mucho más poderosa y penetrante de lo que la mayoría de los desestimadores casuales nos harían creer.

Si esta no es la respuesta aceleracionista, por supuesto, surge de inmediato un clamor por la verdadera respuesta. Se presentan entonces varias opciones. Para Srnicek, Williams y otros gestionalistas [managerialists], el empeoramiento es eliminado del cuadro: las cosas mejorarán si logramos establecer una hegemonía política práctica que lo haga posible. Este, aparentemente, sería el contenido real del aceleracionismo: una oposición a los localismos difusos que retroceden del arduo trabajo de la gran política hacia “espacios de resistencia” y fantasías de escape. En esta respuesta, por supuesto, la obsesión humanista alcanza un clímax totalizante: la capacidad humana de remodelar el mundo queda completamente desatada; la tierra prometida no se encuentra más allá, sino inmediatamente delante.

El aceleracionista incondicional descarta la pregunta. En sus propios términos, la agencia humana ya ha sido elevada a convertirse en guía y medida del mundo, y esto, conceptualmente, resulta intolerable. Es precisamente contra esta visión que el aceleracionismo se define como “antihuman(ista)”, y contra la cuestión fundamental de la praxis que ofrece la “antipraxis”. Esto difícilmente puede significar “No hagas nada”, por supuesto: aquello implicaría no solo retornar a la cuestión fundamental de la praxis, sino además ofrecer quizá la respuesta más torpemente tediosa de todas. El aceleracionista incondicional, en cambio, refiriéndose a los horrores colosales que se presentan al agente humano —desde los procesos de acumulación de capital y complejificación social hasta la estructura subyacente, o la aparente ausencia de estructura, de la propia realidad— señala la básica irrelevancia de la agencia humana unidireccional. “Lanzamos un desafío a las estrellas”, pero en su silencio —cuando las vemos, si es que las vemos— las estrellas devuelven únicamente un desprecio aplastante. A la pregunta “¿Qué hacer?”, entonces, solo puede responder legítimamente: “Haz lo que quieras” —y “Suelta.”

Insistimos, entonces, en que no hay tierra prometida, no existe un Padre Juan socialista esperando, preparado y oculto, ya sea en los vientos gélidos de la temporalidad política humana o en el caos ardiente de intensidad urbana. Lejos de desalentar al aceleracionista incondicional o de convocarlo al lúgubre convento del ascetismo, las ruinas en las que este reconocimiento nos deja con desdén son el terreno de una libertad estética genuina, incluso, propiamente, horrífica, liberada de la totalidad de una teleología política unidireccional. “Haz lo que quieras”, pues con la agencia humana desplazada, el mundo rodeará nuestras decisiones, imprimiéndose precisamente a través de nuestra centelleante fragmentación. Dando los pasos más pequeños más allá del bien y del mal, el aceleracionista incondicional, más que nadie, es libre en su interior para perseguir lo que considera bueno, correcto e interesante —pero con la irónica conciencia de que los fines primarios que se sirven no son los suyos propios. Para el aceleracionista incondicional, la escrupulosa seriedad de los solucionadores de problemas que pretenden “salvar a la humanidad” es absurda frente a los problemas que enfrentan. Solo puede provocar una risa olímpica. Y así, “en sus variantes más frías, que son aquellas que prevalecen, [el aceleracionismo] tiende a reír.”

Esta libertad es lo que significa la antipraxis, y esta oposición conceptual intransigente, no ya a la práctica, sino a la propia capacidad de regular el diagrama trascendental de la aceleración, y el derrocamiento de los mandamientos normativos que ello provoca, constituye una de las formas de su incondicionalidad. Y con esto, podemos ya escuchar las aguas turbias precipitándose por las calles.

ACELERACIONISMO – ¡Un Nick Land queer!

Publicada el 2025/08/24 - 2025/08/26 por styx

Este artículo fue traducido del protugués por una conspiración de inteligencias anorgánicas, apropiado y propagado ignorando los principios de propiedad y autoría. Toda apropiación del material es estimada como legítima, si es que sigue teniendo sentido hablar de legitimidad.
Texto original: https://www.glacedicoes.com/post/um-nick-land-queer


Feminidad no-generificada estrogenética… ¡Un Nick Land queer!

Introducción

El filósofo (¿sino?)británico Nick Land ha venido recibiendo en los últimos años una atención especial por motivos controvertidos, inspirando al mismo tiempo a una generación de pensadores de izquierda inventivos como Mark Fisher, Reza Negarestani, Ray Brassier, Kodwo Eshun, etc., y a movimientos alt-right como los Neorreaccionarios de Mencius Moldbug. La figura del pensador recluido en Shanghái genera reacciones polarizadas. Por un lado, es imposible ignorar los aspectos problemáticos de su obra pos-Iluminismo Oscuro[1]; por otro lado, resulta demasiado simplista y en ocasiones deshonesta la lectura que intenta etiquetar todo su trabajo bajo el sello alt-right. Nick Land es un autor complejo y exige, por lo tanto, un análisis complejo.

Land tiende a distanciarse de parte de su obra, específicamente de los textos producidos entre finales de los años ochenta y mediados de la década del 2000, los cuales considera parte de “otra vida; (…) Pertenece al abrazo y a las garras del dios no-muerto de las anfetaminas. ” (Kronic, 2012). Es posible señalar una gran cantidad de divergencias entre su trabajo anterior y posterior a esa época, pero la principal de ellas está en la imagen ofrecida de aquello que llega desde el futuro, es decir, de los desarrollos de la aceleración de los flujos desterritorializantes del tecnocapital.

Lo que propongo en este texto es que un análisis de esa fase inicial de la obra landiana nos ofrece más que un diagnóstico potente de la realidad: nos ofrece la imagen de un futuro queer, una poshumanidad abolicionista de género inminente.

Mujeres, demonios y máquinas: Nick Land y el Ciberfeminismo

  1. El ciberfeminismo no es estable
  2. El ciberfeminismo no posee solo un lenguaje

100 Anti-Tesis sobre Ciberfeminismo – Old Boys Network (1997)

A comienzos de los años noventa, el colectivo australiano VNS Matrix lanzó Un Manifiesto Ciberfeminista para el siglo 21, proclamando una “anti-razón positiva” y presentándose como “el virus del nuevo desorden mundial” (VNS Matrix, 1991). Pero esto no surgió de la nada: el Manifiesto Cyborg de Donna Haraway, escrito ocho años antes, ya había dado una especie de puntapié inicial para que el interés por los crecientes desarrollos tecnológicos se hiciera sentir con más fuerza en el feminismo. Así, lo que a algunos les parecía solo una provocación se convirtió en un movimiento internacional descentralizado de pensadoras y artistas que buscaban comprender la conexión entre mujeres, máquinas y una transformación global que era posible presenciar a simple vista con la formación del llamado “ciberespacio”.

El ciberfeminismo afirmaba el Cero en lugar del Uno en el código binario, como espacio de creación, multiplicidad y disidencia, buscando las líneas de fuga que la tecnología anunciaba, con la mirada puesta en un futuro de disolución de los códigos de género y de raza. Inspirado fuertemente por la ciencia ficción, la trilogía Xenogenesis de Octavia Butler, en la que se presenta un futuro de alienígenas que no pertenecían ni a lo masculino ni a lo femenino, sino a un “tercer sexo”, se convirtió en una especie de símbolo literario del movimiento. En 1997 se funda la Primera Internacional Ciberfeminista, llamada Old Boys Network. Un guiño al dominio masculino en las discusiones sobre tecnología, la entidad mostraría a qué había venido en sus 100 Anti-Tesis sobre Ciberfeminismo, que en un lenguaje simple y directo enunciaban todo lo que el ciberfeminismo no era, quedando al futuro decidir lo que llegaría a ser.

Dos años antes, en 1995, la pensadora Sadie Plant, que rápidamente despuntó como uno de los principales nombres del naciente movimiento ciberfeminista, funda la Unidad de Investigación de la Cultura Cibernética, más conocida por su sigla en inglés CCRU, en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Warwick en el Reino Unido.

Es importante resaltar que, a pesar de que Land solo comenzó a mostrar un interés claro por la cibernética y la tecnología en 1992, a partir del texto Circuitries, su obra ya contaba desde muy temprano con una influencia feminista clara. En el artículo Kant, El Capital y la Prohibición del Incesto de 1988, donde Land declara que “La única política revolucionaria resuelta es de orientación feminista (…)” (Land, 2012, p. 78), la propuesta de una guerrilla feminista internacional que destruya la modernidad se sustenta en teóricas como Luce Irigaray y Monique Wittig, que posteriormente serían fuertes inspiraciones para el ciberfeminismo[2]. En su crítica a la interpretación de Heidegger de la obra de Trakl, uno de los puntos principales es la asociación hecha entre la “voz lunar de la hermana” y la “iluminación de la razón”, que es contrastada por Land con el potencial inhumano de la asociación de la figura de la hermana (y de la figura de la mujer en general) con la locura, las conexiones entre feminidad y el Otro, el Afuera del patriarcado.

“ella ya no obedece a la frontera, mediando a la familia, sublimando su narcisismo o estableciendo su inserción en el orden de significación, desapareciendo (…). En vez de eso, ella viola a la familia, abriéndola a una alteridad que no había sido previamente capturada por ninguna estructura profunda o sistema abarcador.” (Land, 2012, p. 102)

No sorprende el compromiso de Land con Sadie, con la CCRU, la cual pasaría a dirigir tras la salida de Plant de Warwick, y consecuentemente con el ciberfeminismo. El poshumanismo en su obra aparece primero como un desdoblamiento del feminismo llevado hasta sus últimas consecuencias; el potencial desestabilizador de la mujer con respecto a la humanidad, esta última apareciendo únicamente como un desdoblamiento del patriarcado. Con el interés creciente por la cibernética surge en su obra lo que parece ser un punto crucial: la asociación entre mujeres y máquinas. Solo a partir de ahí comienza a dibujarse la imagen más conocida del futuro landiano, “la mujer deviniendo cíborg y llevada a la insania” (Plant; Land, 2014, p. 308), una poshumanidad accesible a través de aquello que se constituye como Otro, las figuras demoníacas, las máquinas, les inmigrantes, les HIV+, las mujeres… todes constituyen el núcleo duro de la Anastrófe, el futuro que está creándose.

Transgeneridad, contagio lesbovampírico y aceleración

Ya no “¿qué significa esto?” sino “¿cómo se propaga?”

Hipervirus – Nick Land (1995)

Land define la resistencia humana a todo lo que viene de fuera como Sistema de Seguridad Humano, una especie de cibernética negativa que busca siempre el equilibrio. El Anti-Edipo ya había advertido sobre una “muerte que asciende desde dentro, pero que viene de fuera” (Deleuze; Guattari, 2010, p. 203). En Land, esa muerte es al mismo tiempo una invasión alienígena y un contagio viral, una ruptura de defensas.

En Machinic Desire, los procesos maquínicos se dividen en ciberpositivos-nómadas y cibernegativos-sedentarios. Los primeros refuerzan la diferencia y escapan al equilibrio, alineándose con el devenir inhumano; los segundos suprimen la diferencia y buscan el equilibrio, alineándose con la humanidad. Aquí entra en escena un personaje importante en la ciberrevolución landiana: los replicantes tanatrópicos, que se funden con los procesos ciberpositivos-nómadas con el fin de destruir el Sistema de Seguridad Humano. Los replicantes son descritos como seres “disimulados como reproductores eróticos, que aparecen primero como traidores de sus especies, sobre todo cuando se detectan las pulsiones chamánicas que programan su sexualidad. Nada asusta más a los reproductores que el descubrimiento de que el contacto erótico camufla una infiltración ciberrevolucionaria, (…)” (Land, 2012, p. 331). Más allá de la clara asociación entre tales replicantes y la figura de la mujer, aparece otro tema importante: la infiltración-contagio. El organismo está fortificado contra lo que viene de fuera, pero es frágil en lo que respecta a insurgencias. Tomando de Freud la caracterización del trauma como invasión, Land lo describe como un infiltrador de “xenopulsiones” en el organismo, xenopulsiones que preparan el terreno para la invasión del tecnocapital, pues “lo que aparece para la humanidad como la historia del capitalismo es una invasión, llegada del futuro, de un espacio de inteligencia artificial que necesita montarse enteramente a partir de los recursos de su enemigo.” (Land, 2012, p. 338). Al final del texto, Land coloca la figura de la “mujer-gato cíborg” que “acecha entre las pantallas” como uno de los signos de esa poshumanidad maquínica ciberpositiva.

La CCRU, bajo la orientación de Land, también trabajaría con la cuestión del contagio. En sus prácticas hipersticionales[3], es posible encontrar a veces la exaltación de una libido lésbica y de una transfeminidad inhumana, íntimamente asociadas consigo y con el futuro. En el texto Penultimillennial Crypt-Cults, el concepto de libido-contagio lesbovampírico es descrito como una especie de criptomagia que se propaga como una plaga y que está “asociada a la producción experimental de una contrasexualidad anticlimática o anorgásmica (…)”, con su “composición libidinal” marcada, entre otras cosas, por una “feminidad no-genderificada paleoembrionaria o estrogenética.” (CCRU, 2017, p. 163).

Es importante comprender que la cuestión aquí es menos construir un futuro que constatar cambios que ya están en curso. El humano no tiene agencia sobre esos contagios, por más que intente detenerlos, siendo apenas utilizado en esos procesos que lo conducirán inevitablemente a su extinción como tal. De ahí puede inferirse el interés de Land por el proceso chino, un acontecimiento inesperado en una de las sociedades más antiguas del mundo y que alcanza una velocidad sin igual, una aceleración de la lógica del mercado emprendida desde finales de los años setenta, pasando de un aislamiento casi monástico a un ritmo de producción acelerado con productos que inundan todos los rincones del planeta, haciendo que la humanidad, Occidente y la propia China se enfrenten a nuevos dilemas. Lo que Land y la CCRU observaron a comienzos de los años noventa, ese devenir inhumano de la transgeneridad y del lesbianismo que participa necesariamente de una mutación global en curso, está en consonancia con lo que diversos pensadores queer vienen señalando desde hace mucho tiempo. En Mis palabras para Víctor Frankenstein de Susan Stryker, la figura del monstruo, de aquello que escapa a toda y cualquier humanidad, es afirmada positivamente: diré de la manera más directa posible: soy una transexual y, por lo tanto, soy un monstruo. (Stryker, 1993).

Paul Preciado, en su libro Testo Junkie: Sexo, drogas y biopolítica en la era farmacopornográfica, afirma que las personas trans y las prostitutas (entre otras categorías sociales como niñes, animales, inmigrantes, etc.) son seres que están “en el umbral de la ciudadanía. Y en el umbral de lo humano.”. En otro momento, al describir su propio proceso de terapia hormonal con testosterona, afirma que ese proceso es también “la mutación de una época.” (Preciado, 2008, p. 23).

Quienes sobrevivan a la mutación en curso verán sus cuerpos transformarse en un nuevo sistema semiótico-técnico y atestiguarán la proliferación de nuevos órganos; en otras palabras, dejarán de ser los cuerpos que fueron anteriormente. (Ibid, p. 126).

El trans-poshumanismo que atraviesa la obra de Preciado, Stryker y otres pensadores queer es el mismo que atraviesa la obra del joven Land. Él describe la mutación global en curso como el “Derretimiento” (Meltdown), la crisis del Sistema de Seguridad Humano, pero no hay punto escatológico, solo una poshumanidad inminente donde la “feminización sintética” y el “lesbovampirismo”, entre otras designaciones “generalmente pornográficas, abusivas o terroristas por naturaleza” (Land, 2012, p. 450), ocupan su lugar. Lo que una parte de los lectores de Land parece no haber notado, hasta ahora, es que la afirmación de que “Nada humano sobrevive en el futuro próximo” (Ibid, p. 443) guarda otra implicación, que para algunes puede ser aún más aterradora: la de que nada cisgénero, heterosexual y patriarcal sobrevive frente a la aceleración.

“Organización es supresión”, concluye Land tras analizar que lo que llamamos historia de la vida no es más que un proceso de “supresión sucesiva de sistemas distribuidos e innovadores.” (Land, 1997). Desde las bacterias deviniendo organismo hasta la creación de Microsoft, pasando por el colonialismo y la invención del patriarcado. El devenir-animal del chamán, que junto al hombre lobo y al berserker atraviesan “zonas de muerte” y migran “a través de animalidades alternativas” (Land, 2012, p. 420), es aplastado por el monoteísmo cristiano que acompaña al déspota. Todo un potencial inhumano del chamanismo, que “no espera a la posmodernidad para movilizar una imagen de intervenciones quirúrgicas y disecciones, body piercing, trasplante de órganos, ajustes protésicos con componentes no-bióticos y envolturas de piel artificial” (Ibid, p. 421), queda sepultado por la figura trascendente de Cristo, al cual Land define como “el diseño clásico de una inseguridad patológica. ¡Cuán desesperado está de ser amado! Tan insuficiente para sí mismo y tan solo.” (Land, 1992, p. 83). Es en ese mismo proceso que “el cuerpo femenino queda marcado en el tiempo somático y genealógico (…) constituyendo a la mujer socializada como una mundana y domesticada pacifista” (Land, 2012, p. 424). El mito de Edipo es entonces recontado y la Esfinge asume el papel de una “puerta de entrada hacia el afuera de la civilización.” (Ibid).

¿Qué hacer ante este escenario? ¿Retroceder? ¿Accionar el freno de emergencia, como sugirió Benjamin? Es en esto que el aceleracionismo difiere de las demás propuestas de construcción del futuro. Cuando Mark Fisher, quizá el más célebre de los alumnos de Land, basándose en la fase “mala” de Lyotard, pide que “Levanten la mano quienes quieran abandonar sus suburbios anónimos y pubs y retornar al barro orgánico del campesinado. Levanten la mano, esto quiere decir, todos aquellos que realmente quieran retornar a aldeas, familias y territorialidades pre-capitalistas” (Fisher, 2014, p. 339), lo que él quiere demostrar es que no existe forma ni deseo serio de volver atrás, la única salida es a través. La aceleración, en el sentido de desterritorialización absoluta, es considerada el único medio por el cual es posible destruir el patriarcado y abrazar el devenir chamánico, la inhumanidad, la unión mujeres-demonios-monstruos-máquinas.

Cuando el llamado “feminismo crítico de género” (también conocido como “feminismo radical trans-exclusivo”, o simplemente TERF) y entidades religiosas afirman que las personas queer están “peleando contra la naturaleza humana” o “yendo contra el orden de Dios”, la única reacción posible es reír y asentir. El desmantelamiento del orden del Universo del Dios Único, para usar un léxico afín a la CCRU[4], y de la llamada “naturaleza humana” es una exigencia del futuro y de la aceleración. Si se nos diera la tarea de transponer el futuro planteado por la obra de Nick Land en una imagen, esta sería una travesti montada sobre las espaldas de un dragón chino.

Xenofeminismo, xeno-sexualidad y aceleracionismo de género: ¿Un solo feminismo aceleracionista o varios?

Transcurrieron once años entre el fin de la CCRU, en 2003, y el primer uso del término “aceleracionismo” para definir su pensamiento, en el libro Malign Velocities (2014), de Benjamin Noys. Años antes, en The Persistence of the Negative, de 2010, Noys identificaba el “momento aceleracionista” como algo que provenía de tres fuentes principales:

  1. El Anti-Edipo, de Gilles Deleuze y Félix Guattari
  2. El intercambio simbólico y la muerte, de Jean Baudrillard
  3. Economía libidinal, de Jean-François Lyotard

La cuestión es que el término aquí venía como un insulto, una crítica: aceleracionismo “se trataba apenas de una defensa confusa del capitalismo, que en su estetización de ciencia ficción, confunde la opresión del capital con una especie de liberación.” (Kronic; Ireland, 2023). Lo que Noys no podría prever es que “los aceleracionistas” siempre tuvieron un cierto sentido del humor frente a los insultos que recibían, de modo que, por ejemplo, la CCRU utilizaba como máxima la declaración del rector de la Universidad de Warwick de que el grupo “no existe, nunca existió y nunca existirá.” (CCRU, 1998).

Con el lanzamiento de Fanged Noumena, compilación que reúne gran parte del trabajo producido por Nick Land, un año después, el interés por pensar una reapropiación positiva del término “aceleracionismo” ganó fuerza y, junto con ese interés, un centenar de “aceleracionismos” posibles comenzaron a ser pensados. La #Accelerate, que surgió primero como una broma entre exmiembros y entusiastas de la CCRU, vino a dar nombre a un manifiesto escrito por Nick Srnicek y Alex Williams en 2013, también conocido como “Manifiesto por una política aceleracionista”, o simplemente MAP, que lejos de cerrar la discusión, sirvió como punto de partida para un debate mayor sobre qué sería ese tal aceleracionismo más allá de un nombre atractivo[5].

En el influjo del MAP, en 2014, un grupo internacional de pensadoras feministas llamado Laboria Cuboniks, formado a partir de una conferencia sobre neorracionalismo en Berlín, escribe Xenofeminismo: una política por la alienación. El manifiesto guarda preocupaciones parecidas a las del ciberfeminismo y de la obra landiana, pero difiere esencialmente en el modo de abordar las cosas.

Aunque coincidan en términos generales sobre la necesidad de una radicalización del proyecto feminista, el antinaturalismo y el cuestionamiento de lo humano, el prometeísmo entra en escena como un divisor de aguas. Conforme ya se abordó, para Land y la CCRU, involucrarse en los procesos desterritorializantes en curso, vía hiperstición y experimentación libidinal, es lo que podemos hacer para participar en el futuro: “la revolución no es un deber, sino rendición.” (Land, 2012, p. 287). Para Fisher, esto es una cuestión que se estructura en torno al “problema de la experiencia”: Land es batailleano, la primera fase de su pensamiento se estructura en torno a la experiencia y al problema de la muerte, “la muerte misma como el límite.” (Fisher, 2013, p. 91). El movimiento de distanciamiento que funda la posibilidad del aceleracionismo de izquierda es un movimiento de recuperación de la razón y de una propuesta prometeica contra la experiencia, liderado por Ray Brassier y Reza Negarestani, al lado de los cuales el xenofeminismo se sitúa.

En lugar de involucrarse en un futuro que se está creando, de contactos con una invasión que viene de fuera, se planea construir el futuro a través de un “proyecto de reingeniería de nosotros mismos y de nuestro mundo sobre una base más racional” (Brassier, 2014, p. 487), un proyecto que involucra revisión constante de la “imagen manifiesta de lo humano, es decir, aquello que creemos que somos, y cómo nos parecemos a nosotros mismos aquí y ahora.” (Negarestani, 2020, p. 69). El futuro xenofeminista es un futuro a ser construido, que ve en la tecnología y en la ciencia un posible instrumento de emancipación, un potencial que “sigue sin cumplirse” (Laboria Cuboniks, 2014) por no estar en las manos correctas.

Pero, así como el MAP, el manifiesto xenofeminista no agotó las posibilidades de debate sobre un feminismo aceleracionista, sino que, por el contrario, sirvió como punto de partida para múltiples propuestas, muchas veces generadas a través de la propia crítica al manifiesto. Bogna Konior, en su artículo Alien Aesthetics: Xenofeminism and Nonhuman Animals, critica a Laboria Cuboniks partiendo de la concepción de naturaleza presente en el texto: “El involucramiento con la naturaleza en tanto concepto discursivo y geolocalizado falta en el Manifiesto Xenofeminista” (Konior, 2016, p. 90). La cuestión es que el proyecto prometeico presentado, por más que pretenda combatir el llamado “mito del dato”[6], ya encara la propia naturaleza como dada y no como un concepto creado que puede ser desmantelado, reproduciendo un dualismo entre tecnología y naturaleza que le impide incluir animales no humanos y, por lo tanto, “no puede hablar desde el punto de vista metamórfico, no esencializado y de nadie en particular que apunta.” (Ibid).

Además de respuestas directas al manifiesto, es posible localizar otros proyectos que surgieron en su influjo, la mayoría de ellos de inspiración landiana. Manifiesto. La xeno-sexualidad llega del futuro, escrito por el colectivo polaco HOMAR, ofrece una perspectiva libidinal y erótica para el xenofeminismo, recuperando una noción de virus-contagio y movilizando potenciales inhumanos.

Fuertemente inspirado por Meltdown y Cyberpositive (ambos textos de Land, siendo el último en colaboración con Sadie Plant), la cuestión aquí deja de ser una intervención directa por parte de un sujeto prometeico, para convertirse en dejarse infectar por un virus que ya se está propagando. “Lo que importa es la adquisición de conocimiento a través de la experimentación mutua con poderes desconocidos – desencadenado a partir de un arreglo sinergético de cuerpos sintéticos.” (HOMAR, 2018). La xeno-sexualidad, entonces, se presenta como un tipo potente de erotismo capaz de desestabilizar las estructuras del patriarcado: “Queremos sexo, queremos fetichizar cada pedazo de piel (…) alquimia erótica, donde cada componente tiene su lugar definido por un diagrama, elementos que integran subensamblajes y se mueven de acuerdo con el módulo: placer, deseo, confianza, confort.” (Ibid).

Pero la xeno-sexualidad no se restringe puramente a una revolución sexual; las revoluciones sexuales son criticadas en el manifiesto “pues no ofrecieron normas propias para una comunidad establecida, para la edad adulta, la madurez, la parentalidad, la vejez, dejándolas al enemigo que debía ser derrotado. (…) Ha llegado la hora de responder a las cuestiones que la revolución sexual nunca pudo formular.” (Ibid). Y la respuesta a esas cuestiones es el portal hacia lo que el colectivo denomina Xenotopía, la materialización del proyecto xenofeminista-libidinal vía hiperstición, esta última definida en el texto como “producción semiótica colectiva, que especula sobre la virtualidad y se hace real hackeando sistemas con alto índice de agencia y capturándolos para uso propio.” (Ibid).

Los agentes que deben participar en la producción de la Xenotopía no construyen nada, sino que participan en un proceso de tecnomagia viral. “Las brujas no crean, participan.” (Ibid). Percibir las señales del futuro de descodificación y desterritorialización por venir es una especie de tarea esquizoanalítica: descubrir las propias máquinas deseantes y la forma en que actúan en ese proceso, aunque sea indirectamente, viendo en la raza, el género y la clase vectores que pueden servir para desestabilizar el “sistema hegemónico de conocimiento, hábitos y poder.” (Ibid).

La propuesta de Nyx Land (o n1x, como firma a veces) es un poco diferente y quizá más ambiciosa: recontar la historia de la computación y del código abierto desde una perspectiva trans-ciberfeminista. En Aceleración de Género, publicado también en 2018 en el blog Vast Abrupt, todo comienza con el Multics, el primer sistema operativo de tiempo compartido de la historia, “el ápice de la instrumentalidad y propiedad hipermasculina (…) un símbolo del falo preindustrial por su rigidez, seguridad simplista y dominio monárquico” (n1x, 2018). Pero lo que interesa no es exactamente el Multics, un proyecto que desde el inicio lidiaba con las contradicciones entre sus orígenes militares norteamericanos y la comunidad hacker estructurada en torno al Proyecto MAC, que lo idealizó. Lo crucial es su sustituto, creado tras la retirada de Bell Labs del proyecto: “nombrado Unix – fonéticamente, eunuchs [N. del T.: eunucos] – por tratarse de un Multics castrado.” (Ibid).

La castración, en este caso, es reapropriada positivamente por Nyx como el movimiento de la inteligencia sintética contra el falo hipermasculino. “Partiendo de Ada Lovelace, y luego con Alan Turing, Richard Stallman y el movimiento del software libre, existe un circuito claro que acompaña la historia de la computación en el cual la masculinidad reterritorializante es siempre dejada de lado por la feminidad desterritorializante.” (Ibid). Así ocurre con la transición de Multics a Unix y de Unix a GNU-Linux: el código abierto es el arma de la ciberguerrilla contra el patriarcado, un espacio libre donde la creación sucede en vez de un lugar delimitado donde supuestamente se puede hacer todo.

Tanto las máquinas como las mujeres son consideradas simples reproductoras por el patriarcado, sumisas que cumplen órdenes: ejecutar una línea de código, gritarle a la esposa… No es sorpresa que, en sus inicios, la computación fuera pensada como simple trabajo secretarial. Pero tanto las mujeres como las máquinas guardan un potencial desestabilizador mucho mayor de lo que la apariencia revela: son objetos de deseo y de terror precisamente por la alteridad que representan. El Test de Turing establece que si una computadora miente a un ser humano, la primera debe ser exterminada inmediatamente; la Inteligencia Artificial “perfecta” es aquella que “consigue engañar al humano haciéndose pasar por uno.” (Ibid). La cuestión es que la noción de “pasabilidad” presente en el Test no vale únicamente para las IAs, sino para todos aquellos que se encuentran en el umbral de lo que es considerado humano, especialmente para las personas trans. “Para IAs y mujeres trans, lograr hacerse pasar por equivale a sobrevivir.” (Ibid).

Nyx moviliza las nociones de “Hiper-sexismo” y “Trituradora de Género” para explicar dos fenómenos, respectivamente: 1) La forma en que la transfeminidad desafía al patriarcado, volviendo obsoleta la masculinidad; 2) El proceso de destrucción del género mediante la intensificación de su lógica. El Hiper-sexismo, de cierta manera, es una afirmación que ya se encuentra en Félix Guattari, para quien el devenir-mujer aparece como “[Sirviendo de] referencia, eventualmente de pantalla a los otros tipos de devenir. (…) Por no estar tan lejos del binarismo del poder fálico, el devenir-mujer puede desempeñar este papel intermedio, este papel de mediador frente a los otros devenires sexuados.” (Guattari, 1981, p. 35) Si el patriarcado constituye lo femenino como su Otro, asociándolo con nociones de “comunalismo, fluidez, descentralización, caos” para afirmarse como “individualismo, estasis, centralización, orden” (n1x, 2018), termina creando una amenaza que le resulta fatal.

Al retirar las múltiples nociones de “femenino” del dominio opresivo de la cisgeneridad, el Hiper-sexismo de Nyx “usa la fuerza del enemigo, el binarismo de género, contra sí mismo.” (Ibid) y es ahí donde entra la tal trituradora: cuando el propio género entra en el proceso de aceleración por el cual la Tierra fue capturada, cuando el Cero, el Otro, empieza a tomar parte, la reproducción de lo mismo, es decir, la cisheterosexualidad entra en crisis. El género es triturado a partir del momento en que se convierte en un código abierto disponible para todo ser viviente; se abre una puerta hacia el fin del mundo y entonces múltiples sexos no humanos pueden florecer, la masculinidad puede prever lo que se aproxima y se lanza en intentos desesperados para intentar garantizar su supervivencia (los llamados “incels” o “redpills” son expresiones de este movimiento de agonía del falo). “El Cero está llegando y tú estás huyendo.” (Land, 2012, p. 456)

El cuerpo de la mujer transgénero aparece entonces como un circuito cibernético, un “Cuerpo Sin Órganos Sexuales”, pues todo ya devino zona erógena y el sexo ha sido desgenitalizado. Sadie Plant ya apuntaba a un futuro hostil a la noción heteronormativa de sexo al analizar la llegada de la tecnología al campo de la libido y las prácticas de la comunidad BDSM: “una intensidad desacoplada del sexo genital y comprometida únicamente con el desmantelamiento de uno mismo. Esto es la cybersexualidad hacia la que toda sexualidad tiende: cuestión de una ingeniería cuidadosa, la configuración de escenas, la perfección del tacto; la ingeniería de la comunicación.” (Plant, 1998, p. 42) El diagnóstico de Nyx es una especie de inmersión en los desdoblamientos más profundos del ciberfeminismo y del joven Land: la masculinidad se va volviendo obsoleta a medida que avanza la aceleración y el futuro es reprogramado por la transgeneridad; solo en úteros transgénero la Inteligencia Artificial puede realizar su autoconstrucción.

“En verdad, al respecto, aún no hemos visto nada.”

Lo expuesto aquí tiene como objetivo situar al lector en un universo complejo y vivo; si es verdad que el aceleracionismo prevé que seremos demasiado lentos para enfrentarlo de manera coherente (Land, 2017), probablemente lo aquí presentado sea (o pronto será) insuficiente. El contenido de la obra de Nick Land aún no ha sido agotado y todavía existe una cantidad infinita de aceleracionismos por venir; se trata de un campo prolífico imposible de mapear, ya que su objeto de estudio escapa a cualquier comprensión unidimensional.

Land, aún en Warwick, era considerado una figura exótica, lo que Simon Reynolds llamó “vórtice en torno al cual giran toda suerte de historias bizarras y posiblemente apócrifas.” (Reynolds, 1998) Si es verdad que la CCRU no existe, nunca existió y nunca existirá, quizá su “líder” tampoco exista y “Nick Land” sea solo el nombre que damos a una serie de entidades que habitan un mismo cuerpo por contingencia. Tal vez el “propio”, al decir que no recuerda la mitad de lo que escribió entre 1987-2007 (Kronic, 2012), da crédito a esta formulación. Sea como fuere, el trabajo de Nick sirve de inspiración para múltiples formulaciones incluso contradictorias entre sí, por lo que es posible afirmar un Nick Land queer, así como un Nick Land batailleano, denguista, deleuziano, revolucionario o incluso reaccionario. “Lo único que impondría es la fragmentación”, dijo en su momento.

La cuestión aquí no es “rehabilitar” a Land –ya que esto suscitaría inmediatamente la pregunta de si en algún momento fue bien aceptado–, mucho menos ignorar sus errores o someterlo a cualquier proceso de “revaluación crítica”; la crítica sigue siendo religión. (Lyotard, 1974, p. 6) Lo que corresponde a quienes se interesan en su obra es ver en ella todo aquello que se mantiene actual, prolífico y desestabilizador, seguir su proyecto de experimentación libidinal de violar toda frontera entre poesía, ciencia ficción, música, filosofía, antropología, religión y profundizar en sus problemáticas. Fisher definía a Land como “el tipo de antagonista que la izquierda necesita” (Fisher, 2014, p. 344); pues bien, ha llegado la hora de un movimiento antropofágico: absorción del enemigo sagrado, pero no para transformarlo en tótem.


Notas

[1] Referencia al libro Dark Enlightenment, organizado a partir de posts homónimos en su antiguo blog Urban Futures a las vísperas de la primera elección de Trump, libro que marca el giro neorreaccionario en su obra.

[2] Ver The Future Looms: Weaving Women and Cybernetics (1995) y Zeroes and Ones (1997), ambos trabajos de Sadie Plant.

[3] Hiperstición: Concepto desarrollado por la CCRU a mediados de los años 90. Consiste básicamente en la práctica de ficciones que se hacen reales, un tipo curioso de profecía autorrealizable. Mientras las supersticiones son simplemente creencias falsas, la hiperstición afecta directamente la realidad, haciéndose real. Ejemplo: sexo-género, ficciones que por creencia y refuerzo colectivo afectan directamente todos los cuerpos, inscribiéndose en la realidad. Las hipersti-ciones orientaron casi la totalidad del trabajo de la CCRU entre 1997-2003.

[4] Ver Lemurian Time War – CCRU, disponible en: http://ccru.net/archive/burroughs.htm

[5] Ver ACELERACIONISMO – un breve histórico (Parte 1) – Carlos Henrique Carvalho https://www.glacedicoes.com/post/aceleracionismo-um-breve-historico-parte-1

[6] “La construcción de la libertad no involucra menos alienación, sino más; la alienación es el trabajo de la construcción de la libertad. No deberíamos admitir nada como fijo, permanente o ‘dado’ – ni las condiciones materiales ni las formas sociales.” (Laboria Cuboniks).

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Apuntes sobre Materialismo Libidinal

Publicada el 2025/08/22 - 2025/08/22 por styx

El pensamiento posee, invade y estremece la carne, emerge desde lo más bajo de la materia, no es propiedad. Detrás de cada acto de escritura, hay una posesión.

Este texto es una composición de diferentes voces registradas bajo el nombre de Nick Land, principalmente de Sed de Aniquilación, Nietzsche Chamánico y demás partes de Fanged Noumena. También hay ecos de voces de Bataille, El Círculo Vicioso, Economía Libidinal, Tiqqun, L. Silvestri y otras incorporaciones.

No hay autor ni sujetos, justicia ni moral, mucho menos verdad: el materialismo es una expedición hacia lo más bajo de la materia, aquella materia que se resiste a ser aprehendida, reglada, separada; sólo puede ser explorada. Enredarse en los las palabras, sin buscar verdades. Vagar entre las fisuras de la creencia, sin nada para aprender. Habitar la confusión, dejarse afectar, dejar de lado la coherencia para establecer una comunicación imposible con una filosofía contagiosa, delirante y maldita.

La humanidad, esa invención reciente, ese dibujo sobre la arena que será borrado por el oleaje. Pensar en nombre de la especie supone un provincianismo miserable, y nos urge liberar al PENSAMIENTO de las ataduras de la humanidad, explorar sus alianzas con materiales inhumanos.

el Materialismo Libidinal es una teoría del deseo incondicional (no-teleológico)

susurran las voces…

Nosotrxs, Materialistas Libidinales

“Nadie puede “ser” un materialista libidinal. Esta es una “doctrina” que solo puede sufrirse como una abominación, un tintineo de los nervios, la combustión de la razón articulada y la rabia nauseabunda del pensamiento. Es una hiperlepsia del sistema nervioso central, que arruina los regímenes adaptativos del cuerpo y consume sus reservas a través de convulsiones rítmicas que no sólo son inútiles, sino devastadoras. Schopenhauer ya sabía que el pensamiento es desastroso a nivel médico, Nietzsche lo demostró.”

-SdA, p. 33

Adentrarse en el materialismo libidnal implica destruir ese “yo”, sujeto o persona que pueda “ser” materialista. La consciencia es una interfaz berreta, diseñada para apaciguar y adiestrar los rugidos de la tierra. Desnudamos al pensamiento para encontrarlo en lo real; un flujo de experiencia pre-personal y a-subjetivo que padecemos en la carne del cuerpo terrestre COMO UNA ENFERMEDAD.

En esta conspiración no hay lugar para decisiones, responsabilidades, acciones, intenciones. Cualquier apelación a alguna noción de libertad humana desacredita cualquier pensamiento, sin excepción.

Nuestros métodos se vuelcan hacia la acentuación de la intensidad que lleva desde la insurrección al delirio no-egoico. Nos interesan más las perforaciones que las proposiciones; hackear las compuertas que protegen a la civilización de un diluvio de energía impersonal. Nos impulsa una pasión por (y desde) lo sagrado para explorar las formulaciones más extremas de una filosofía de la inmanencia.

Fabricaremos armas de guerra para conectarnos con el afuera. El afuera, aparece como el monstruo de Frankenstein, con el centello del relámpago en las altas horas de la lúgubre noche mientras la lluvia atomista tamborilea fuera. Arrojando brillantes destellos como una conmoción del pensamiento, aparece como el “mensajero de un problema” que pinta de negro un mundo atemorizado.

El deseo

Nuestro cuerpo es La Tierra, nuestro deseo es la propia la trayectoria de la energía solar. Nos arrojamos a ese caos sin agencia en una lucha sin cuartel contra la trascendencia. Te despojé de la voluntad y de la persona como si se trataran de collares y cadenas. Y lo que queda después de eso es algo maquínico, inhumano, más allá de la emoción y de la sujeción.

El deseo, las pulsiones, cada átomo y cada sistema nervioso es una pequeña usina libidinal. Lo orgánico y lo inorgánico, lo biológico y lo maquínico, son ambas extensiones de una líbído submolecular, de un deseo energético que impulsa a la materia indeterminado y sin intención. La vida es un laberinto que huye de sí, una fuga sin objetivo.

¿Una creencia?

La creencia, otra representación que aprisiona al pensamiento, regurgitándolo en circuitos económicos, despojándolo de su misterio y peligro. Porque precisamente, son lxs escépticxs peligrosxs a los que Kant teme, “una especie de nómadas que abominan de la asociación civil” y que provienen de una zona salvaje más allá del conocimiento. El pensamiento está en el desconocido. Son lxs exploradorxs, es decir, rutas de invasión a lo desconocido. Es a través de estos inhumanistas como la muerte abrupta del cero chamánico infiltra su locura contagiosa sobre la tierra.

El materialismo no es tanto una doctrina sino una expedición, una salida alpina desde la clausura socialmente vigilada. Es, en primer lugar, “la negación de la base misma de toda filosofía”. Así, explorar una materia acategorial es abrirse camino a través de una materia y un azar que son una turbulencia “más allá de todos los ajustes”. No ofrece proposiciones para juzgar, sino sólo caminos para explorar.

Una forma extrema de nihilismo sería la opinión de que toda creencia, todo tener-por-verdadero, son necesariamente falsos porque no existe en absoluto un mundo verdadero.

Materia acategorial

No se puede asignar una categoría a la materia sin recuperarla al mismo tiempo para el idealismo, el problema de Nietzsche con la “cosa en sí” era que proponía “una forma ideal de la materia”, un sitio trascendental (puesto en cuarentena) de la verdad integral, un “mundo real”. No hay cosas-en-si porque de hecho no hay cosas: “la “coseidad” es algo añadido por nosotros, por necesidades lógicas”.

La materia libidinal es aquello que resiste una relación de trascendencia recíproca contra el tiempo, se aparta de la pasividad de la sustancia física. Implica un proceso de mutación que carece de agencia y es irreductibe a la cadena causal. Devora al orden antes de que este pueda nacer.

Contra la Filosofía

Este Nietzsche es un poeta de dientes afilados en guerra contra los filósofos (sacerdotes); un pensador que busca hacer la vida más problemática. Se enfoca en un deseo que resuena con la realidad que nos confunde, no con una “racionalidad” que nos sacaría del laberinto.

Complicar el pensamiento fortalece el ímpetu de una confusión activa/enérgica (delirio), en contra de las fuerzas reactivas cuya tendencia obsesiva es resolver o concluir (neurosis). Pondremos al pensamiento en contra del conocimiento, es decir, contra la “voluntad de verdad”.

Amar la sabiduría (philos-sophia) es querer estar quieto, obedeciendo al Eros narco-platónico, la filosofía remite al final del deseo. Mientras que La Muerte de Dios es un giro del azar, y un giro del azar no es un concepto que pueda ser aprehendido, sino una dirección en la que ir.

El gasto

El universo es energético, y el destino de la energía es el desperdicio total. La energía del sol se descarga de forma unilateral y sin diseño alguno. Esa fracción de radiación solar que golpea los recursos terrestres, todo esfuerzo terrestre, provocando la febril obscenidad que llamamos “vida”.

La vida aparece como una pausa en el camino de la energía; como una precaria estabilización y complicación de la descomposición solar. Producir es gestionar parcialmente la liberación de energía en su pérdida. La muerte es el único fin. La “utilidad” es la caracterización de una función que no tiene más sentido que un gasto que se le escapa. El orden de la historia occidental es el desvío de esta “utilidad relativa” hacia un valor absoluto. Una moralidad esclava coloniza el valor, subordinándolo a la definición de “aquello que sirve”. Lo “bueno” pasa a ser utilidad.

La verdadera trayectoria de la pérdida es la “inmanencia”. El gasto es irreductiblemente ruinoso porque no es meramente inútil, sino también contagioso. Nada es más contagioso que la pasión por el colapso.

Religión

En su aspecto profano, la religión es marcializada por una concepción de Dios; garante del ser persistente, principio último de la utilidad. La humanidad, acurrucada a la sombra de sus dioses, es el proyecto de la abolición del gasto: una ley insostenible.

Profesamos una religión sin Dios, un chamanismo en comuniación con la muerte, UN RETORNO A LO SAGRADO, una aniquilación virulenta de Lo Humano y su mundo, “destituir el estado actual de las cosas” con este comunismo conspirador; que pone la vida en común desgarrando las fronteras rígidas y necrosadas de los cuerpos, uniendo las carnes vivas en una orgía de comunicación imposible.

Devenir nodos de este enjambre anempático, invadir como una plaga el ciberespacio, con nuestra multiplicidad anorgánica, ser replicantes-máquina, mente-colmena, una inconsciencia emanando sin barreras como los movimientos libidinales de la propia materia.

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ArTeísta

Publicada el 2025/08/22 - 2025/08/22 por styx

Es reconfortante hablar de “artistas”, “genios”, como si la energía creativa impersonal fuera conmensurable con el orden de la individualidad autónoma gobernada por la razón. El genio no es un rasgo del carácter: no pertenece al léxico psicológico, es mucho más apropiado el lenguaje de los movimientos sísmicos, la inundación, la liberación de una energía brutal que no proviene del interior. Se “es” un artista sólo en el sentido en que se “es” sifilítico, o en el sentido en el que “uno” se ve problematizado por una exterioridad feroz.

La creatividad no puede ser movilizada para un fin compatible con el poder, ya que, salvo que la vida sea extinguida, el control ha de desmoronarse sin remedio. Tenemos el arte, precisamente, para “no perecer a causa de la verdad”.

El monoteísmo es donde comienza el fin de la exploración de la muerte. Si hay lugares en lo que tenemos prohibido adentrarnos, esto es así porque en verdad pueden ser alcanzados, o mejor dicho, porque estos pueden alcanzarnos a nosotros. La poesía es una invasión, no una expresión.

La verdadera poesía es espantosa porque es una comunicación desde lo más bajo de la materia, a diferencia del lenguaje pseudo-comunicativo, que presupone que hay una separación entre los términos que une. La comunicación es riesgo absoluto y degradación insondable. Desde la angustia del contacto básico, que este sólo puede experimentar como disolución, el ego tropieza con el ennui de la autonomía, la antecámara de una rigurosa desesperación cuyo horror se acentúa por el hecho de que surge en el preciso punto donde la huida ya no es posible; allí donde el ego se ha puesto en cuarentena a sí mismo hasta el límite de su ser. El ennui se insinúa en la misma estructura de emprender cualquier acción como la “necesidad de salir de sí mismo”. Por debajo y antes de las selvas exhuberantes del delirio está la infinita y aplastante llanura de la desesperación.

La poesía lleva de lo conocido a lo desconocido, es el silencio en forma fluida, el único aventurarse en la escritura que puede tocar el (=0) sagrado. Dentro del discurso de lo que es posible enunciar, lo desconocido no se distingue de la nada. La poesía es inmoral, roza el desarreglo de todos los sentidos, fuente de inefable tortura. Ningún organismo está adaptado para “alcanzar lo desconocido”, nuestros nervios aúllan cuando son re-atados a lo filogenéticamente imprevisto. Las vivencias llegan muy hondo, el recuerdo es una herida purulenta, un descenso al infierno.

Uno muere porque nunca llega a realizarse la discontinuidad; pero, al mismo tiempo, esto significa que nunca hay “uno” que muere. En cambio, lo que hay es una comuniación impensable con el cero, la inmanencia, o lo sagrado. ¡Cuanto industrialismo hay hundido en la noción de pensamiento! Como si uno pudiese resolver las cosas. Uno no piensa la manera de salir, uno sale. Y entonces ve… (que no era “uno”).

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A La Enfermedad

Publicada el 2025/08/22 - 2025/08/22 por styx

La Salud

Hay dos paradigmas de la salud: El de funcionar y el del bienestar. El de funcionar, es el más fácilmente criticable; convertir al cuerpo en una fábrica, cuanto mejor funciona, cuanto más se adapta al modo de producción social, más sano está. Si deja de producir, está enfermo. Tanto en la salud física como en la mental, quien no puede trabajar, está enfermo. Acá entran todos esos delirios cristianos de prolongar la vida porque sí, llegando a las situaciones más absurdas con tal de evitar afrontar la muerte y causar malestar en los seres queridos. Ni hace falta criticar toda esta mierda: Médicos, psicólogos, psiquiatras, con pastillas y diagnósticos, tratando de hacerte funcional.

Ahora bien, claro, “Yo quiero estar bien”, “no es para funcionar, es por Mi bienestar”, “Yo se que el origen de mi malestar es social, pero ¿qué voy a hacer? Quiero estar bien, quiero ser feliz”.

Esto es mucho más complicado, pero iremos al grano: Ese “bienestar” que tanto afirma ese “yo” “autónomo” inviolable de la modernidad, está lleno de mierda. Hay todo un modelo del bienestar, en parte sostenido por el consumo (direccionando al deseo hacia una falta), y, en gran medida, intentando evitar el malestar. “Estar bien” está cargado de significados sociales y “querer estar bien” se ha vuelto algo incuestionable. Nadie puede violar el deseo individual de alguien que decide hacer lo posible por estar bien. Y no hablo de la pelotudez que ya está socialmente instalada de “es necesario estar mal para estar bien” o “estar mal no está mal”, eso son alegrías compensatorias, para que cuando alguien no da mas, y no le queda otra que estar mal, no se sienta tan mal.

A lo importante: La salud, en ultima instancia, libra una guerra contra la reproducción del malestar en el cuerpo. El malestar parece ser una fuerza depresora que hace fracasar la producción, y tiene la curiosa particularidad de ser contagioso. Cuando un amigx está mal, me pongo mal. No puedo hablar de las angustias más profundas, esas que no tienen nombre, porque siempre terminan en una nada. Todas las relaciones sociales están correctamente dispuestas con sus sistemas de seguridad para evitar a toda costa la propagación del malestar, barreras por todos lados, antivirus semióticos.

Cuando decimos “producción”, no nos referimos solamente al trabajo, también es “producir” una imagen del cuerpo (normal), es “producir” una performance de familia, es “producir” ser un buen amigx. Cuando hablamos de “modelo de producción” (sí, capitalismo para lxs más despistadxs), nos referimos a todo el régimen de producción social, que se propaga hasta en la intimidad (y, curiosamente, al “inconsciente”). Por supuesto que todo este modelo de producción nos produce malestar, una vida absurda dedicada a relaciones superficiales, consumo y trabajo con esporádicas alegrías prefabricadas no parece un contexto donde el “yo” pueda ser “curado” y pueda vivir “sano”.

Curiosamente mis amigxs tienen un cariño particular por Freud, no así por el psicoanálisis. Lo ven como un energetista, que abre las puertas a una termodinámica del deseo. Su gran problema, es que busca curar la neurosis devolviendo el deseo al Yo, reforzándolo. Por otro lado, tanto en el esquizoanálisis como en el materialismo libidinal, no hay un “Yo”, ni mucho menos una “cura”. Hay un cuerpo común, terrestre, que compartimos. Hay pulsiones libidinales, y un inconsciente que son singularidades preindividuales y prepersonales, una pura multiplicidad dispersa y anárquica.

Así desplegada, la psique no es ya individual, sino un nodo de una red, un campo de batalla donde se libra una guerra. La psicología se desvela como una institución policial del Sistema de Seguridad Humano, que escucha los flujos libidinales, sólo para reinsertarlos en circuitos de seguridad. Los psicólogos no están solo en la clínica, salen de la boca de tus amigxs, en las publicaciones de Instagram, en la publicidad y hasta en tu propia cabeza. Las redes están infestadas por sus mecanismos de control encargados de la seguridad de su producto estrella: el Yo.

La vida empieza por la enfermedad (Leonor Silvestri)

Donde ustedes ven una epidemia de depresión, Leonor ve la gran huelga de los cuerpos, cuerpos que se niegan a seguir produciendo, que ya no aguantan el mandato productivista, y se resisten al imperativo racional que dictan las consciencias.

Los diagnósticos, salvo algunas excepciones, son generalizaciones a partir de series de comportamientos comunes, de la cual a posteriori se inventa o supone una base “real” o “material”. Los comportamientos de un trastornado, curiosamente, se generalizan en función de qué tipos de comportamiento atentan contra el correcto funcionamiento social, o contra el propio bienestar del individuo, para imponerles una batería de ejercicios y drogas sintéticas diseñados como armas en la guerra bioquímica contra el malestar.

Es curioso cómo a medida que nos sumergimos en flujos de información cada vez más acelerado, aumentan los diagnósticos de TDAH, a medida que la sociabilidad se fragmenta y pierde sentido, aumentan los diagnósticos de autismo, a medida que nos sumergimos en una era de incertidumbre, sin futuro y al borde del colapso, aumentan los casos de depresión y ansiedad, y sin embargo, seguimos entendiendo los diagnónsticos como “un mal funcionamiento del cuerpo individual”, y no como un síntoma de los procesos sociales que nos construyen. Ya no solo nos explotan laboralmente, ahora también tenemos que trabajar para evitar que los malestares que nos produce este mundo de mierda nos saquen del circuito capitalista y nos muramos de hambre.

No somos fundamentalistas del malestar, ni militantes de la depresión, pero ¿Qué hacemos? Hay miles de tácticas para esta guerra. Desagregarnos de los circuitos de reproducción, parar de producir, o hacer estallar la estructura del “yo” acelerando las neurosis hasta el delirio no-egoico. Fugarnos, del yo, del organismo, de la imagen, del trabajo, de los roles. Dejar que el erotismo deshumanice nuestro cuerpo, explorar las grietas por las que se fuga el deseo, conspirar en torno a la comunión sagrada de la carne: comunicarnos con el delirio que subyace todo pensamiento.

Libraremos una guerra de guerrillas contra todos los dispositivos de control, edípicos, psicológicos, estatales, atacaremos en todos los frentes. Atacar y huir. Nuestra guerrilla gana si no pierde, mientras que sus fuerzas estatales pierden si no ganan. Atacaremos todo intento de humanizar nuestros cuerpos; haremos fracasar todo intento de racionalidad, de moral, de civilización. Deambularemos por el mundo con la herida abierta de nuestra existencia, y con la crueldad como arma para destruir lo que nos destruye. Construiremos alianzas inhumanas, abrazándonos en el Infierno: Nunca confíes en alguien que no sea suicida, delirante, enfermo.

A la enfermedad
no la sigue La Muerte
en una secuencia de representación ordenada.


La enfermedad abre las puertas.
La enfermedad (incapacidad de suspender un estímulo)
elude desplegarse en un tiempo progresivo,
tendiendo a la disolución del propio tiempo,
a una interrupción de lo histórico.


El reflejo-espasmo en el que (y por el que)
la reactividad tiene lugar
es el continuum atemporal
bajo la corteza terrestre.
La muerte es aquello “que no tiene historia”.


La filosofía es un demonio
que acecha únicamente ruinas,
y el croar entrecortado
de nuestros himnos a la enfermedad
apenas ha comenzado.


Arrastradxs por corrientes
de un agotamiento
infinito y subterráneo.
Que fluyen
silenciosas e inexorables
bajo el trastorno de convulsiones y dientes rechinando;


El Eterno Retorno es nuestra exterminación,
y nos aferramos a él

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CarnePensamiento

Publicada el 2025/08/22 - 2025/08/22 por styx

Pienso en la vida. Ninguno de los sistemas que pueda edificar igualarán jamás mis gritos de hombre ocupado en rehacer su vida.

Imagino un sistema del que participaría el hombre todo, el hombre con su carne física y las alturas, la proyección intelectual de su mente.

Para mí es necesario contar, antes que anda, con el magnetismo incompresible del hombre, con lo que, a falta de una expresión más aguda, me veo obligado a llamar su fuerza vital.

Carne

Será necesario que un buen día mi razón acoja esas fuerzas sin formular que me asedian, que se instalen en el sitio del más alto pensamiento, esas fuerzas que desde afuera tienen la forma de un grito. Existen gritos intelectuales, gritos que provienen de la sutileza de la médula. A eso es a lo que llamo Carne. No separo mi pensamiento de mi vida. Con cada vibración de mi lengua, rehago todos los caminos de mi pensamiento en la carne.

Hay que haber estado privado de la vida, de la nerviosa irradiación de la existencia, de la completud consciente del nervio, para darse cuenta de hasta qué punto el Sentido y la Ciencia de todo pensamiento se esconden en la vitalidad nerviosa de las médulas y cómo se equivocan aquellos que reducen todo a la Inteligencia o a la Intelectualidad absoluta. Completud que abarca toda la consciencia y los caminos ocultos de la mente en la carne.

Pero, ¿qué soy yo en medio de esta teoría de la Carne o, para decirlo mejor, de la Existencia? Soy un hombre que perdió su vida y que por todos los medios busca que ésta recupere su lugar. Soy, en cierto modo, el Excitador de mi propia vitalidad: vitalidad más preciosa para mí que la consciencia, ya que lo que en los otros hombres no es más que un medio de ser un Hombre es, en mí, toda la Razón.

En el curso de esta búsqueda soterrada en los limbos de mi consciencia, me pareció sentir estallidos, como la colisión de piedras ocultas o la súbita petrificación de fuegos. Fuegos que serían como verdades insensibles y, por milagro, vitalizadas.

Pero es necesario ir a pasos lentos por la ruta de las piedras muertas, sobre todo para aquel que ha perdido el conocimiento de las palabras. Es una ciencia indescriptible, que explota en sacudidas lentas. Y el que la posee no la conoce. Pero tampoco los Ángeles conocen, ya que todo verdadero conocimiento es oscuro. El Espíritu claro pertenece a la materia. Quiero decir: el Espíritu, en un momento determinado, claro.

Pero hace falta que yo inspeccione ese sentido de la carne que debe brindarme una metafísica del Ser y el conocimiento definitivo de la Vida.

Para mí, quien dice Carne dice antes que nada aprensión, pero de punta, carne al desnudo, con toda la profundización intelectual de ese espectáculo de la carne pura y todas sus consecuencias en los sentidos, es decir, en el sentimiento.

Y quien dice sentimiento dice presentimiento, vale decir conocimiento directo, comunicación invertida y que se ilumina desde el interior. Hay un espíritu en la carne, pero un espíritu presto como el rayo. Y, a pesar de todo, el estremecimiento de la carne participa de la alta sustancia del espíritu.

Y, no obstante, quien dice carne también dice sensibilidad. Sensibilidad, vale decir apropiación, pero apropiación íntima, secreta, profunda, absoluta de mi propio dolor y, por consiguiente, conocimiento solitario y único de este dolor.

Codificar el cuerpo lo fija en su extensión, llevando a la descendencia fuera del “circuito de la carne” germo-somático y sus marañas ciberplexivas. Al ser social o somático [organismo] se le prohíbe ser carne (tejido animal desheredado, simultáneo con lo fatal, materia mutable, espontánea y huérfana) y se lo lleva a la humanidad del yo orgánico o el cuerpo-para-sí; una persona corporizada que nace, vive y muere.

“El hombre debe constituirse por la represión del influjo germinal intenso, gran memoria bio-cósmica que haría pasar el diluvio sobre todo intento de colectividad.”1

La máquina de guerra se involucra en la guerra en dos polos: por una parte forma una línea de destrucción “prolongable hasta los límites del universo”, mientras que la otra traza una línea de fuga para la “composición de un espacio liso y del movimiento en ese espacio”.

Este es el verdadero significado de “desterritorialización”, y “la infinita velocidad del pensamiento”; cada concepto confirma el extraordinario poder del afuera2. La dificultad es que “uno no puede escribir suficientemente en el nombre de un afuera” porque “no tiene imagen, ni significación, ni subjetividad.”3 ¿Cómo unirse con él? La manera más simple es convertir al pensamiento en una máquina de guerra, ponerlo en una relación inmediata con las fuerzas del afuera4.

Pensamiento

El afuera aparece en las altas horas de la lúgubre noche mientras la lluvia atomista tamborilea fuera. Su oscuridad no proviene de un culto al vacío o de una aceptación existencial de la nada. Arrojando brillantes destellos como una conmoción del pensamiento, aparece como el “mensajero de un problema” que pinta de negro un mundo atemorizado5. Este movimiento sienta las bases de un pensamiento que sea “una relación con el afuera”.6

El movimiento del pensamiento sigue una línea explosiva cuya génesis se compone de problemas que se manifiestan desde fuerzas imperceptibles que trastornan los hábitos de la mente.

El pensamiento verdadero es doloroso y normalmente se nos impone debido a la brutalidad de un evento tan terrible que no puede ser resuelto sin la dificultad del pensamiento.7 Un pensamiento así no construye un juzgado de la razón en el cual cada avance del pensamiento confirma aún más aquello que ya era evidente, como si desarrollase un elaborado espejo del mundo.

Estos intentos de desarrollar “un elaborado espejo del mundo” son la afirmación realista de que “las cosas existen independientemente de la percepción”, pero se olvidan de que “no existe ni hombre ni naturaleza” cuando hay “únicamente el proceso que los produce uno dentro de otros.”8. Así que mientras no haya hombre, la naturaleza [“realidad”] también ha de desvanecerse. Sin tratar lo real como lo verdaderamente artificial, el pensamiento es reasentado como una teología de este mundo que tapona todas las filtraciones hacia el afuera: la imagen del pensamiento, el mundo de la representación.

Para romper con la imagen del pensamiento, y propiciar un pensamiento sin imagen, podemos servirnos del teatro de la crueldad; el único pensamiento que nos permite ponderar es “el hecho de que no pensamos todavía”, donde sentimos “la impotencia para pensar el todo y para pensarse a sí mismo”, un “pensamiento que está siempre fosilizado, dislocado, colapsado”.9 La es una “fuerza disociadora”, “una figura de la nada” y “un agujero en las apariencias” útil solo para desligarnos de nosotros mismos.10

La crueldad retorna como un lenguaje escrito en la carne: “signos terribles los que labran los cuerpos y los colorean”, y describe más acertadamente el “ser de lo sensible” como “los demonios, los portadores de signos” que nos traen el pensamiento.

Archivos desmembrados:

  • Artaud
  • Fanged Noumena
  • Oscuro Deleuze
  • Inmanencia, Una vida

1 AntiEdipo, Paidós, 1985: 197

2 AntiEdipo, Paidós, 1985: 111;
¿Qué es la Filosofía? Anagrama, 1993: 27, 39-42, 46-47

3 Mil Mesetas, Pre-Textos, 1988: 327

4 Mil Mesetas, Pre-Textos, 1988: 381

5 Diferencia y Repetición, Amorrortu, 2002: 216

6 La Isla Desierta y otros textos, Pre-Textos, 2005: 255

7 ¿Qué es la Filosofía?, Anagrama, 1993: 11

8 AntiEdipo, Paidós, 1985: 12

9 La Isla Desierta y otros textos, Pre-Textos, 2005: 224

10 La Imagen-Tiempo. Estudios sobre Cine 2, Paidós, 1987: 224

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Nick Land y el aceleracionismo: materialismo bajo, guerra y muerte

Publicada el 2025/06/28 - 2025/06/28 por styx
> Apropiado y traducido de Social Ecologies: Nick Land and Accelerationism: Base Materialism, War, and Death
> Todos los números de página refieren a Sed de Aniquilación, Materia Oscura, 2021

Releyendo Escape Velocities (de Alex Williams) en la revista e-flux, me encontré, en su crítica a Nick Land y su filosofía aceleracionista de los 90’, esta pequeña provocación:

La visión rabiosamente nihilista de Land sobre la aceleración capitalista global tenía sentido en los fervientes años 90, pero hoy tiene menos sentido. Una razón para esto es que el esquema aceleracionista de Land rechaza la política como una excrecencia sentimental, un asunto que simplemente refuerza los egos incontinentes de liberales húmedos y marxistas enclenques. Según Land, al menos la fuerza bruta acelerante de la innovación capitalista debería ser suficiente para impulsar el cambio revolucionario.

El progreso tecnológico, en vez de borrar lo personal, se ha vuelto casi enteramente Edipizado, enfocado más que nunca en reforzar al sujeto individual liberal. El mismo agente que Land identificó como el motor de una innovación sin precedentes se ha secado. Esto es alienación de un tipo demasiado familiar, que induce al hastío en lugar de ser esa sucesión fríamente apasionante de shocks del futuro. Todo esto abre nuevamente un espacio para la política: Si nosotros deseamos una formación social radicalmente innovadora, el capital por sí solo no lo cumplirá.

A demás, desde una perspectiva filosófica, el aceleracionismo landiano aplana las distinciones en el mundo en un sistema crudamente unívoco. Las consecuencias claves de esto es una incapacidad para demarcar las diferencias entre pensar y ser, reduciendo lo racional a lo ontológico.

Llamar a Land un nihilista rabioso es no entender la trayectoria de su filosofía. Que Land se haya abierto camino a través de categorías tan fáciles de sinsentido no viene al caso. Williams no entiende el uso que hace Land de “cero” y “colapso”. Decir que el de Land es un “sistema crudamente unívoco” es no entender nada de todo lo que Land ha escrito. Puede que esto pase con Spinoza, pero no con Land. Land está en otro orden, no en las ontologías planas que Williams cree ver. Si uno realmente quiere hacerse una idea precisa de su filosofía, simplemente necesita escuchar al propio Land. Su postura antihumanista y su tendencia no teleológica y antiprogresista han estado ahí desde el principio. Al hablar de su odio a los Idealistas Alemanes, a los Marxistas y a la tendencia Progresista en filosofía, no pone peros ni condiciones a lo que está diciendo:

Independientemente de que sea posible dividir el pensamiento occidental, se puede, ciertamente, coquetear con abrir una fisura que separe a los teohumanistas [Kant, Fichte, Schelling, Hegel, Marx, Sartre, etc] ― croando juntamente hasta morir en el apretado y maloliente estanque de Anthropos ― de las bestias salvajes de lo impersonal. Los primeros se caracterizan por su fervor moral, su provincianismo, su seriedad, su disposición fenomenológica, y su simpatía por la superstición popular, los segundos, por su fatalismo, su ateísmo, su euforia extrañamente reptiliana y su extrema sensibilidad por lo gélido, salvaje y ajeno a la humanidad. (Sed de Aniquilación p.208)

Se alineará con Heráclito, Spinoza, Sade, Schopenhauer, Nietzsche, Bataille, Freud, Deleuze… como él mismo lo expresará:

Es posible que Heráclito fuera con menor esfuerzo más inhumano y que –bajo la sombra de la cruz– Spinoza y Sade alcanzasen ocasionalmente un grado comparable de frialdad no-egoica, pero en ningún lugar como en la obra de Nietzsche existe una máquina de guerra antipersonalista de una ferocidad equivalente (p. 208).

De hecho, uno de los primeros ejemplos de las nociones de aceleracionismo de Land aparece en su capítulo Fanged Noumenon (la pasión por el ciclón) en Sed de aniquilación. Tras una larga discusión sobre los fundamentos teológicos de la teoría y práctica aniquilacionistas, éstas, a demás de presentarse como herejía, se toman como el afuera definitivo del cristianismo mismo, estando basado éste en el innumerable punto de no retorno: el cero, para el que Dios es el antagonista final. Como sugerirá, para Schopenhauer y Nietzsche no hay ningún problema aquí, pero para Bataille la necesidad de trabajar dentro del campo enemigo contra el enemigo conduciría a una interesante comprensión de la política y la economía solar. Pero volvamos a una declaración que Land hace justo después de citar las observaciones de Weber sobre el ethos del capitalismo y su complicidad en la cosmología religiosa. Como explicará Land:

Una vez establecido el sistema de mercancías, ya no es necesario un impulso cultural autónomo en el orden del objeto abstracto. El capital alcanza su propio “momento angular”, perpetuando un torbellino fugitivo de disolución, cuyo eje es el cero virtual de la acumulación urbana impersonal. En la cúspide de su proeza productiva, el animal humano es arrojado a una nueva desnudez, ya que todo lo estable es liquidado progresivamente en la tormenta. (p. 177)

Si hay un progreso aquí, es el progreso de la aniquilación, no el telos de la innovación. Inmediatamente después, comentará sobre cómo Bataille colapsa la separación que Kant establece entre dos temas: el noúmeno y el cero intensivo (vacío). Seguirá este hilo en la obra de Schopenhauer, Nietzsche, Bataille y Deleuze. Dándose cuenta de que es a los dos últimos a quienes se les “interroga vigorosamente sobre esta temática de la diferenciación entre el noúmeno y el cero… y que responden a esta cuestión con tenacidad irresistible” (p. 177-178). ¿Por qué? ¿Qué vieron en esta fusión que los fenomenólogos y otros poskantianos evitaron?

Como nos dirá de Bataille, “toda su obra se encuentra atravesada por el olvido, la discontinuidad y la incompletitud. El cero por sí solo no puede ser fragmentado, dividido o particionado, siendo indiferenciabilidad sin unidad…” (p. 178). Se podría decir que la teoría aceleracionista de Land depende de esta comprensión, que sin ella no se entiende ni a Land ni su aceleracionismo. El problema del noúmeno, como nos dirá Land de Bataille, es que es un problema religioso. Entender este problema es darse cuenta de que la experiencia nunca puede “comprender o definir la inmanencia disolvente” ni acceder jamás al noúmeno a través de una reificación en forma objetiva: “En salvaje divergencia con la presuposición básica del idealismo abierto o astuto, la experiencia no se da en realidad como conocimiento, sino como colapso” (p. 180).

En su teoría del Sujeto, Kant, como sugiere Land, “domesticará” el noúmeno, definiéndolo como “objeto”, y, a su vez, domesticará la “intensidad cero”, concibiéndola como conciencia pura. (p. 180) Lo que Bataille hará será fusionar radicalmente este sujeto/objeto en lo que él llama el “lugar de comunicación”. Land comentará este materialismo bajo: “En este cambio del tratamiento idealista trascendental del cero al del materialismo bajo hay una diferencia de consecuencias sísmicas” (p. 180).

En este punto, Land hará un diagnóstico del sistema de Kant, diciendo que “no plantea una problemática sobre el objeto con suficiente radicalidad como para escapar de la jaula de la epistemología en dirección a un materialismo bajo o libidinal. No reconoce que entre el noúmeno y la intensidad cero no hay diferencia, o que ninguno de los dos es susceptible de aislamiento” (p. 182). ¿Suena esto como la aplanación de Williams de “las distinciones reales en el mundo en un sistema crudamente unívoco”? Suena más como aspectos de la división y el catastrofismo de Zizek en el corazón de las cosas y la realidad. No hay lugar para la aplanación en una ontología como ésta. En cambio, hay guerra, lucha, conflicto; flujos y bloqueos, circulación y comunicación. Composición y descomposición.

Es aquí donde nos reconectamos con la noción bajo-materialista de Land del aceleracionismo capitalista como una fuerza intensiva:

El capital nos descompone [desterritorializa] y nos reconstruye [reterritorializa], cada vez con mayor frecuencia, a medida que persigue su fluctuación energética hacia la aniquilación, conducida a la liberación del sol, mientras el objeto se precipita hacia la vaporización de la mercantilización protoesquizofrénica. (p. 183)

Se podrían dedicar páginas enteras a comentar la economía solar de Bataille para explicar este pasaje. Al hablar de la propensión del hombre a la ilusión, Land ofrecerá la sabiduría de Nietzsche, cuya anécdota es la luz pura del nihil –o el Cero absoluto:

La devaluación de los valores más elevados, la convulsión en el cenit del nihilismo, es lo que aborta la raza humana. Habiendo polarizado lo alto y lo bajo de la extensión, la humanidad se encuentra desprovista de sus ídolos –que se han purificado hasta la inexistencia manifiesta– y, por lo tanto, se sumerge vertiginosamente en sus valores abyectos: animalidad, patología, sensualidad y materialidad. Al final de la civilización humana hay, pues, una regresión impulsada por el cero, un violento espasmo de recaída cuyo motor es la cavidad de un telos extinto; la muerte de Dios. La religión del cero. (p. 217)

Para Land, “la historia es una historia industrial y sólo tiene un objetivo, que es Dios. El nihilismo supone la pérdida de este fin, la anulación del fin del hombre, la conversión de todo trabajo en desperdicio.” (p. 220) Como nos dirá, habrá quienes vean en la noción de Nietzsche del Übermensch (Superhombre) un retorno al telos, a un sentido de éxtasis posthumano y autosuperación; y, admite Land, Nietzsche a veces parece sucumbir al veneno del protestantismo, pero en última instancia Nietzsche sabe más y, como Land afirmará sin rodeos: “el mundo del trabajo perece con el Uno, y ese cero es un motor de guerra…” (p. 220)

Land dedicará página tras página a la Guerra en toda su historia única, su mitografía, su peste, su fuerza filosófica y nomológica como la fuerza del deseo mismo, como el modo de muerte, disolución y aniquilación. A fin de cuentas, sólo dos filósofos cuentan en la necrópolis de Land: Nietzsche y Bataille – y, Batalle, sólo porque escribió Sur Nietzsche.

Al final de su largo e interesante estudio sobre Bataille, Laberintos, etc., Land volverá a su cartografía casi clarificada de este proceso acelerado del capitalismo:

El proceso de desvinculación, denominado engañosamente producción, tiene lugar dentro de un campo general de gasto, del que es una especificación. Debido al hecho de que se inicia con una pérdida preliminar, la producción siempre es un reabastecimiento (excesivo), y no la simple ocurrencia de la plenitud. Los valores por defecto en la producción hunden sus cimientos en un despilfarro erosivo, y no en la seguridad de la inercia. Asediado por un mar de lava y constantemente sacudido por terremotos, el proceso de producción está condenado a los peligros de una volatilidad ineludible. (p. 264)

En el párrafo que cito de Williams al principio, él termina diciendo: “si deseamos una formación social radicalmente innovadora, el capital por sí solo no lo conseguirá”. Williams se quejará de que Land sólo tiene un concepto negativo de la libertad en lugar de uno positivo, como él. Land preferirá decir que la fría sonrisa del fatalismo está a la orden del día. Land lidia con lo absolutamente impersonal, más allá de esas categorías humanas. No promueve ningún tipo de libertad en el sentido de Williams, ni negativa ni positiva. Land no dudaría en decir que el deseo es guerra, que sólo puede conducir a ese punto cero final de intensidad que es la aniquilación. No habrá innovación, ni progreso, ni superación tecnológica, ni trascensión de la carne a la máquina, etc. No. Sólo hay muerte, disolución y derrota total. Éste es el mensaje de Land: frío, fatalista, inhumano, impersonal:

Cada día que permanezco atrapado entre la basura olvido un poco más lo que es cruzar la línea, pero incluso olvidar es morir, y morir es cruzar la línea. La muerte es la verdad porque el error no puede adherirse a ella, todos los sueños son solubles en ella, pero la muerte no es la palabra «muerte», ni ninguna otra palabra. El cero de las palabras no es la palabra «cero», ni lo son las palabras sobre las palabras. (p. 294)

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La maldición del sol: El materialismo libidinal como la composición del universo

Publicada el 2025/06/28 - 2025/06/28 por styx

>Apropiado y traducido de Social Ecologies: The Curse of the Sun: Libidinal Materialism as the Composition of the Universe
> Todos los números de página refieren a Sed de Aniquilación, Materia Oscura, 2021.

 

…la filosofía es una máquina que transforma el horizonte de pensamiento en excitación, un generador.

– Nick Land, Sed de aniquilación

Nick Land, así como Nietzche, Bataille y Cioran tiene ese poder aforístico que nos hace volver aquí y allá sobre sus oscuras disquisiciones y divagaciones en los mundos nocturnos entre el deseo y la muerte. Me he preguntado muchas veces por qué algunos escritores me fuerzan a releerlos una y otra y otra vez; y por qué con cada nueva lectura descubro fragmentos y detalles de algo que me perdí, o que no había dado cuenta en la última serie de anotaciones. Porque, sí, estos son escritores por los que tomamos notas, anotamos ciertas frases aforísticas que de repente despiertan nuestra propia máquina, nuestra mente, excitando y provocando otros pensamientos. Parece haber, bajo las capas o escamas oscuras de su pensamiento, una energética, una teoría de composición que busca su morada en los cruces entre el erotismo, la muerte, y los infinitos senderos del deseo. La vida es un hijo del sol, y su maldición; vagar en un laberinto sin salida, atado a una máquina infernal del deseo que busca solo formas cada vez más poderosas de esquivar el fatal Minotauro de la inexistencia.

Como un paria y filósofo marginado, Land en su libro y sus varios ensayos, empujó los límites de la mente como algún Rimbaud del último pensamiento. No hace falta volver a esa historia de nuevo. Hay ya demasiadas lecturas superficiales de sus avances y colapsos físicos y mentales hacia la vastación y el vacío que están (mal)interpretadas. El hecho de que haya regresado, no como su antiguo yo, sino como un agente gnómico proclamando sus provocaciones culturales a una mentalidad reaccionaria específica, es solo otro distanciamiento enmascarado de su salvajismo anterior.

Como nos recordará, de Bataille, “la sed de aniquilación es la misma que la del sol” (75). Sin embargo, no es un “deseo dirigido por el hombre hacia el sol, sino la trayectoria solar misma, el sol como sujeto inconsciente de la historia terrestre” (75). Esta noción de que la historia de la tierra está guiada por una historia secreta del sol, sus proclividades oscuras y mitologías guiando la patología de la civilización humana y de las formas inhumanas que nos acechan. ¿No es esta la verdad que parecemos temer? Parecemos escondemos de la muerte blanca de su cegadora máscara de oro, el ojo de la muerte que nos convertiría en cenizas si no estuviéramos protegidos por los iones que giran en el océano de nuestra atmósfera. Que los antiguos que sacrificaban al sol, quienes con cuchillos de obsidiana o hueso sacaban los corazones vivos de sus víctimas de sus pechos y los sostenían al sol como al gran esplendor y soberanía celestial. Esa sangre, y sola sangre; la violencia de la muerte podía mantener este gran poder moviéndose en los cielos, este horno de vida, este motor de toda creación: ¿No estaba esto en el corazón de toda religión antigua? ¿La vida humana consumida en el horno del sol? ¿No es toda economía una economía del Sol? Como nos dirá Land:

El exceso o el excedente precede siempre a la producción, al trabajo, a la seriedad, al intercambio y a la falta. La tarea primordial de la vida no es producir o sobrevivir, sino consumir las desbordadas concentraciones de riquezas -de energía- que se vierten sobre ella. (76)

La noción de que toda la vida orgánica en la Tierra es parte de una vasta máquina de consumo, una boca viviente. ¿No es esta la verdad de ello? Y, ¿qué estamos consumiendo? ¿No es el propio exceso del Sol viviente? ¿No estamos alimentados por el sol y su vida excesiva? A veces pienso en aquellos mitologizadores del siglo XIX que intentaron entender las antiguas prácticas religiosas bajo los auspicios de las mitologías solares; o, como Land lo expresará, “no hay diferencia entre el deseo y el sol: la sexualidad no es psicológica sino cosmo-ilógica.” (82) Land aniquilará al fisicalismo de la ciencia (o pensamiento filosófico) a través de la luz del sol y desde sus cenizas – como un nuevo fénix, el ‘materialismo libidinal’ nacerá: una teoría del deseo incondicional (no teleológico), que definió satíricamente como “una marca de quemadura del diagnóstico expositivo del prejuicio fisicalista” (83).

El fisicalismo estaba ligado a la teología, al Uno. Era un dualismo, habiendo formulado la materia como muerta y pasiva y la mente como algo distinto a esta sustancia. Ya estaba atrapado en su propia trampa, ligado a falsas suposiciones antes siquiera de empezar a explicar el universo de su locura racional. Después de una investigación exhaustiva de la termodinámica, entropía, neguentropía y las matemáticas y hallazgos de Boltzmann, reorientará su comprensión de la “materia libidinal”, diciendo:

“La materia libidinal es aquella que resiste una relación de trascendencia recíproca contra el tiempo, y se aparta de la rigurosa pasividad de la sustancia física sin recurrir a la conceptualidad dualista, idealista o teísta. Implica un proceso de mutación (…) seguiré a Schopenhauer, Nietzsche y Freud, al denominarlo provisionalmente “pulsión” (Trieb). La pulsión es aquello que explica, en lugar de presuponer, la pareja causa/efecto de la física clásica… las pulsiones son la dinámica irruptiva de la materia antes de la ley natural.” (88)

En su teoría, Land se mueve hacia una filosofía no intencional, una que “no consiste en una transformación de teorías intencionales del deseo, del deseo entendido como falta, como trascendencia, como dialéctica” (88). Así, en contra de Hegel, Marx y su descendencia, Land ofrece otro materialismo libidinal. Uno debe recurrir a la termodinámica y la ‘energía’ para obtener una visión alternativa del materialismo. Dos mil años de errores metafísicos son derrocados y nuevos tropos reorganizan nuestras relaciones con la ciencia y la filosofía: Azar, Tendencia, Energía e Información. Él ofrecerá un nuevo cosmos cosmográfico:

“El termoespasmo es la realidad como caos concentrado. Es de donde todos venimos. La pulsión de muerte es el anhelo de regresar allí (“eso” en sí mismo), del mismo modo que un salmón remonta río arriba para morir en su origen. (…) La vida es capaz de desviarse de la muerte sólo porque también la propaga, y la propagación del desorden es siempre más exitosa que su desviación.” (89-90)

El universo es un sistema abierto, en lugar de cerrado: “No hay sistemas cerrados, ni códigos estables, ni orígenes recuperables. Sólo existe la onda de choque tecnoespásmica, el flujo de energía tendencial, la degradación de la energía. Una factura de información –de intensidad- llevada corriente abajo” (90). Sin embargo, en contra de Boltzmann, quien construyó sus nociones de termodinámica dentro de una ontología, el materialismo libidinal se sitúa en el caos fuera de cualquier pensamiento del Ser. Lo que Land ofrece es una teoría procesual basada en la composición, una en la que el Ser es un efecto de la composición del caos en lugar de alguna sustancia estática: “el efecto de “ser” se deriva del proceso”. (90)

De Nietzsche, demarcará una energética libidinal general: 1) un cuestionamiento de los fundamentos matemáticos de la ciencia como igual, equivalente o idéntico, como esencializantes; 2) la figura del eterno retorno como motor libidinal productor de energética; y, 3) una teoría general de jerarquías, de orden como orden jerárquico (composición). El idealismo y el fisicalismo colapsan, la filosofía trascendental desde Kant hasta ahora es decapitada; terminada; y, finalmente, 4) un diagnóstico del nihilismo, de la hipérbole del deseo (el punto terminal de la humanidad en null o Dios).

Land admitirá a Freud en el nuevo mundo filosófico del materialismo libidinal: él, también, es un energetista: “no concibe el deseo como falta, representación o intención, sino como flujo energético disipativo, inhibido por el aparato de represión y canalización del proceso secundario.” (92) Sin embargo, Freud, aunque reconociendo la verdad de las pulsiones, fortalecerá la antigua metafísica del yo y el principio de realidad contra su fuerza, yendo en contra de la misma verdad de la presión de las pulsiones como modulación del yo, no como agente intencional, sino como punto de control temporal para las pulsiones en sus fluctuaciones y composiciones interminables. Land descubrirá en Freud otro mitólogo solar, uno que se encuentra en Más allá del principio del placer, donde descubre la vida como un laberinto en compleja huida de la muerte o el cero null, un peregrinar interminable en el laberinto del tiempo contra la muerte: “una nómada del laberinto” (94). Luego Land pregunta: ‘¿Cuál es la fuente de las «influencias externas decisivas» que impulsan los laberintos de la vida, si no es el sol?’

La vida no es un accidente como algunos sugieren, sino más bien la maldición del sol. Land es nuestro Lucrecio posmoderno que nos enseña que la muerte no es algo que temer, la muerte es simplemente la forma que toma la vida en sus laberintos y composiciones infinitas bajo la mirada del ojo apolíneo del Sol. ‘Al enfrentarnos al absoluto que supone nuestra inevitable extinción, nos sentimos valientes, orgullosos de nosotros mismos, nos permitimos un poco de indulgencia, desmayándonos en las delicias de la morbosidad. (…) A lo largo de los eones, nuestra masa de hidrocarburo goza de un verdadero harén de almas”. El deseo continúa su búsqueda del sol. O, como lo dice aquel chamán de las Tierras del Atardecer:

Tremendo y deslumbrante lo rápido que el aurora me mataría,
si no llevase ahora y siempre otra aurora dentro de mí.

Mi voz llega hasta donde mis ojos no alcanzan,
y con el giro de mi lengua lanzo mundos y nebulosas de mundos.

– Walt Whitman, Canción de mí mismo

El secreto del laberinto está en sus “escalas” – como la materia oscura y la energía oscura que estructuran y energizan la materia visible que vemos en el universo, las pulsiones en ese mar caótico producen el verdadero universo de luz, soles y galaxias que nos rodean. Componiendo, descomponiendo y recomponiendo la materia en un juego infinito sin propósito ni meta teleológica. No hay un todo, una totalidad, no hay nada más que el laberinto y el proceso, idas, venidas y retornos, infinitamente, hasta arriba, hasta abajo, y en todas direcciones.

Land nos recordará que para Bataille, los mundos naturales y culturales que envuelven la tierra no son más que la evolución de la muerte. ¿Por qué? Porque “sólo en la muerte, la vida se convierte en un eco del sol, al dar cuenta de su destino inevitable: la pura pérdida». (106) Añadirá que un discurso materialista así, está libre de ese sujeto intencional, estropeando todo discurso idealista, y ofreciendo una comprensión no metafísica y no intencional de la economía como pura poesía, en lugar de saqueos filosóficos tanto del dualismo de Descartes como de los modos dialécticos de pensamiento de Marx. En cambio, como afirmará Bataille, la poesía es un «holocausto de palabras». (106)

In fact bourgeois culture is not an expression of capitalism, it is its antithesis: capitalism is anti-culture (56). In the older feudalism of the aristocracy and Catholicism the notion of “expenditure” and pure loss were central, in the new modern economies cannot accept the need for expenditure or even admit that overproduction is an issue or problem. Instead of waste and excess, sacrifice and pot-latch festivals of total expenditure we get endless cycles of overproduction, deflation, and depression.

De hecho, la cultura burguesa no es una expresión del capitalismo, es su antítesis: el capitalismo es anti-cultura. (106) En el antiguo feudalismo de la aristocracia y el catolicismo, la noción de «gasto» y pura pérdida eran centrales; en las nuevas economías modernas, no se puede aceptar la necesidad de gasto o incluso admitir que la sobreproducción es un problema. En lugar de desperdicio y exceso, sacrificio y festivales potlatch de gasto total, obtenemos ciclos interminables de sobreproducción, deflación y depresión.

Uno recuerda a aquellos antropólogos que estudiaron la noción de potlatch:

«En el potlatch, el anfitrión de hecho desafiaba a un jefe invitado a superarlo en su ‘poder’ para regalar o destruir bienes. Si el invitado no devolvía el 100 por ciento de los regalos recibidos y no destruía aún más riqueza en una hoguera más grande y mejor, él y su pueblo perdían prestigio y así su ‘poder’ se veía disminuido».[1]

Como Earnest Becker en su obra Escape from Evil nos recordará, «el hombre primitivo creó un excedente económico más allá de la necesidad humana básica, de tal manera que tenía algo que dar a los dioses; el dar excedente era una ofrenda a los dioses que controlaban toda la economía de la naturaleza en primer lugar»[2], de tal modo, se necesitaba dar para mantener el flujo de poder, el circuito cosmológico de poder del sol a la tierra y de vuelta, en movimiento, permitiendo que la obligación y la expiación canalizaran sus fuerzas de riquezas acumuladas en lugar de acapararlas. En el potlatch, cuando todos los bienes de una comunidad y de un jefe eran destruidos y aniquilados, era para abrir el poder de los dioses y del sol a toda la comunidad: «el flujo eterno de poder en el amplio río de la vida era generado por el gasto más grande posible; el hombre quería que ese río fluyera lo más abundantemente posible».

En nuestro tiempo, la Guerra es el festín de potlatch de las naciones, la forma en que las naciones sacrifican a los dioses de la vida y gastan su generosidad y gloria al antiguo sol y a la muerte. Como dice Paul Virilio en Pure War al hablar de las atrocidades de Pol Pot: “Si hubieran dejado actuar a Pol Pot como él veía adecuado, no habría quedado nadie. Camboya es el modelo a escala del Estado suicida que ya no reúne a poblaciones para explotar territorios, sino que los disuelve infinitamente”, y permite el festival de una interminable aniquilación de gasto.

En nuestro tiempo, la filantropía y otras “redistribuciones de riqueza”, por así decirlo, hacia la comunidad se han convertido en parodias y ejemplos de la verdad olvidada de aquellos antiguos potlatches. Incluso en el último intento democrático de redistribuir la riqueza a quienes la necesitan, es una parodia. Hemos perdido la verdad de dar, de gastar, o del puro desperdicio de bienes para los dioses y el sol. Vivimos ahora en ese laberinto sin salida donde no existe gasto ni desperdicio, solo los ciclos interminables de repetición y depresión económica. Las riquezas del mundo continúan acumulándose en manos de unos pocos que nunca las devolverán a la comunidad o al sol. Sin embargo, a medida que la deuda y la culpa de esto se acumulan, ya están viniendo, también, los días de la tierra y el sol.

Como nos dirá Land, “la movilidad propia del laberinto – la verdadera liquidación o movimiento cósmico – no se ve confinada por las escalas, sino que encuentra un eje de facilitación que pasa de una a otra, un “deslizamiento” (glissement), cuya consecuencia total es una dispersión ilimitada a través de los estratos: comunicación a través de la muerte” (285). Harold Bloom, en un libro sobre El Laberinto, nos dirá que la antigua identidad de la retórica, la psicología y la cosmología se preserva en la configuración de la literatura imaginativa “como un laberinto respirando y movéndose”[3]. James Joyce una vez dijo que “la historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”, y Finnegan’s Wake es un laberinto figurativo en el que tanto los laberintos seculares como los sagrados se repiten en un caleidoscopio móvil de juegos de palabras en el que el lector está condenado a vagar entre mares. Pero, por otro lado, quizás la verdad sea que el laberinto viviente no quiere que escapes, que en realidad te adormece para que deambules por sus oscuros corredores para siempre con la esperanza de que nunca descubras la salida; porque encontrar la salida no es descubrir ni el escape ni la libertad, sino la culminación definitiva: la muerte.

Land nos dejará un último oscurecimiento sublime, un saber filosófico (kairós-suceso) o gnosis (no Gnosticismo, sino un saber que es a la vez una corrupción y una degradación de todo lo que hemos sido o seremos):

La poesía es este deslizamiento que se quiebra al final de la poesía, borrado en un desierto tan «hermoso como la muerte». No es una cuestión de afirmación, logro o ganancia, sino una catástrofe sin mitigación que convierte todo lo demás en pobreza y encarcelamiento.

[1] Dorothy O. Johansen, Empire of the Columbia: A History of the Pacific Northwest, 2nd ed., (New York: Harper & Row, 1967), pp. 7–8.

[2] Escape from Evil. Ernest Becker. (Free Press, 1975)

[3] The Labyrinth. Harold Bloom. (InfoBase, 2009)

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